El polémico Louis-Héctor Berlioz II


celso

En la columna de este sábado continuamos con este gran compositor francés Louis-Héctor Berlioz y como homenaje a Casiopea, esposa de Lucero, que en su alma de puntillas todo el vibrar sonoro de los mares ancestrales y en sus calles de lirio se deslizan mis alas grises.

Celso A. Lara Figueroa
Del Collegium Musicum de Caracas, Venezuela


Para darse cuenta del juicio que mereció a una gran parte de sus contemporáneos, basta abrir el célebre Diccionario de Fétis. Era éste, como es sabido, músico y crítico musical y acérrimo enemigo de Berlioz.
He aquí lo que dice de él:
“Quería ser compositor y para ello tomaba el camino más corto, pero no el más seguro. Aprender a tocar el piano, instrumento casi indispensable para instruir armónicamente un oído que no ha sido formado desde la infancia, hacer estudios de lectura, adquirir algún conocimiento del estilo propio de las diversas escuelas y de los maestros más célebres, todo eso le parecía muy largo. Además, la música, que se formaba de una manera vaga en su cabeza, no se parecía a nada y la historia del arte la comenzaba en sí mismo”.

“Con tales disposiciones no hay estudios posibles y por ello los hizo muy malos, porque estudiaba a disgusto y sin comprender su finalidad”.

“La falta de costumbre de escribir era tal en M. Berlioz y sus ideas tan extrañas a las formas conocidas de la música, que la primera obra que hizo oír pareció absolutamente ininteligible a los que la ejecutaron y a los que la oyeron”.

“Sus raras melodías están desprovistas de metro y de ritmo, y su armonía, extraña mezcla de sonidos poco hechos para estar juntos, no merece siempre ese nombre”.

“La opinión que acabo de emitir, aunque compartida por gran número de músicos instruidos, no es unánime.  En mi opinión, lo que hace M. Berlioz no pertenece al arte que tengo la costumbre de considerar como músico y tengo la certidumbre de que le faltan las condiciones de este arte”.

“Los admiradores apasionados de Berlioz son pintores, poetas y en general personas extrañas a la música”.

“Es pronto para apreciar la realidad de la misión de Berlioz. Han pasado doce años desde sus primeras producciones: un tiempo igual es necesario para que su plaza le sea asignada”.

En frente de estas afirmaciones de Fétis, muy parciales y que respiran el odio personal, Gounod dice de Berlioz:

“La Sinfonía Fantástica revela en el joven que la produjo facultades de invención absolutamente superiores…”

“Berlioz ha lanzado a la circulación musical una multitud considerable de efectos y combinaciones de orquesta desconocidos hasta él y de los que se han apoderado muy ilustres músicos. Ha revolucionado el dominio de la instrumentación y desde ese punto, al menos, puede decirse que ha formado escuela”. ¿Qué decir de la admiración de Liszt por el genio de Berlioz?

El propio Wagner, su enemigo, escribía a Liszt, en 1860:

“He llegado a la conclusión de que hoy formamos una trinidad exclusiva de todo elemento, porque somos los tres iguales.  Esta trinidad se compone de ti, de él (Berlioz) y de mí”.

Berlioz dejó escritas sus Memorias. A primera vista parece natural que éstas deberían ser la más segura fuente de datos para la historia de su vida, y sin embargo no es así. Por definición deben ser las memorias el exacto reflejo de la vida externa y de la espiritual de aquel que las escribe, pero son pocos los que se ponen al espejo para describirse y, aún cuando lo hicieran, la costumbre de verse les hace tan familiar su rostro que no encuentran defectos en él.

Y si en general hay que examinar con cuidado esta clase de libros, ¿qué diremos de las Memorias de Berlioz, de las cuales su propio autor dice en el prólogo que no ha de contar en ellas sino lo que le plazca?

He aquí textualmente el párrafo en cuestión en el que, por no perder la costumbre de atacar, satiriza a los que quieren presentarse a la posteridad como “angelitos sin pecado”:

“Al público le importa poco, estoy cierto de ello, lo que yo pude haber hecho, sentido o pensado. Pero como un pequeño grupo de artistas y de aficionados a la música se ha mostrado deseoso de saberlo, más vale decirles la verdad que dejarlos creer lo que no es cierto.  No me ha cruzado por las mentes la idea de presentarme ante Dios con un libro en la mano declarándome el mejor de los hombres, ni menos escribir mis confesiones.  No diré sino lo que me plazca decir y si el lector me negara su absolución, preciso es que fuere de una severidad poco ortodoxa, porque no he de confesar más pecados que los veniales”.

Y como lo anunció lo hizo. No obstante, su libro, aun siendo muy incompleto, tiene datos curiosos y es una guía preciosa a condición de corregirla y completarla con documentos auténticos y con los relatos de aquellos que conocieron y trataron al gran innovador que fue un problema para sus contemporáneos, más tarde una esperanza y una hermosa realidad para nosotros.

Berlioz, pues, es el puente sobre la música moderna. El atlas que sostiene ambos mundos, que será continuado posteriormente por los post-wagnerianos y sus seguidores.  Pero, la polémica subsiste.

Los apuntes anteriores están basados en nuestra apreciación de la obra del compositor francés, en los estudios de Camile Mauclaire, J. Muñoz Escamez e Yves Hucher.