El poder real y la institucionalidad


La institucionalidad en nuestro paí­s se caracteriza, a partir de la intervención norteamericana, por la sucesión de juntas castrenses, gobiernos impuestos, golpes militares y una democracia que no es formal ni representativa, sino secuestrada. De 1954 a la fecha, la élite dominante y el imperialismo estadounidense han decidido que ello sea así­. Aunque algo avancé al respecto, se hace necesario puntualizar algo de lo ya publicado (La Hora, 20 y 27 de agosto de 2008).

Ricardo Rosales Román

En cuanto a la renuncia del dictador Ubico (1 de julio de 1944), el golpe militar contra Ydí­goras Fuentes (30 de marzo de 1963), la salida del gobierno de Serrano Elí­as (29 de mayo de 1993), y el asesinato de Castillo Armas (26 de julio de 1957), corresponde puntualizar algunos aspectos que pueden contribuir a precisar y situar el papel de la élite de potentados del paí­s y el gobierno estadounidense.

En el caso del dictador Jorge Ubico, ante la embestida cí­vico-ciudadana contra la tiraní­a, los ricos de entonces y la Embajada estadounidense dejaron que renunciara a cambio de garantizar el continuismo y sustituirlo por un triunvirato militar encabezado por el general Federico Ponce Vaides. Ponce Vaides fue derrocado por la gesta cí­vico-militar de la madrugada del 20 de Octubre de 1944.

De una forma parecida, procedieron en la caí­da del general Miguel Ydí­goras Fuentes. Ante el peligro potencial de que el ex presidente Juan José Arévalo lanzara su candidatura presidencial, Ydí­goras fue depuesto por su propio ministro de la Defensa, a quien lo apoyaron en forma incondicional y no vacilaron en alentarlo a darle continuidad al terror gubernamental contra la oposición polí­tica, social y popular e iniciar el proceso de institucionalización de la contrainsurgencia como polí­tica de Estado.

En las condiciones de mayo de 1993, las élites no dudaron en defenestrar a Jorge Serrano Elí­as, proceder a un ajuste y reacomodo polí­tico e institucional a fin de asegurar la continuidad de la estructura de poder y el régimen institucionalizado en 1986.

En el asesinato de Castillo Armas, desde que ocurrió, se supo de la participación de agentes de Somoza y Trujillo. Todo indica que para el sátrapa nicaragí¼ense y el autócrata dominicano, habí­a llegado el momento de hacer a un lado al caudillo liberacionista, que las autoridades y los servicios de inteligencia y espionaje estadounidenses no lo supieran o no lo hubieran propiciado y los adinerados del paí­s no estuvieran al tanto de lo que se urdí­a en la región y alrededor de la Casa Presidencial como resultado de la inestabilidad prevaleciente en Centroamérica y el Caribe y la complicada y crí­tica situación en el paí­s.

Además, después de la renuncia del presidente Arbenz, la embajada estadounidense no tení­a todaví­a resuelto si quien aparecí­a como cabecilla de la invasión mercenaria, era el más indicado para hacerse cargo del poder polí­tico y sólo fue -en estado de sitio y mediante un plebiscito con el que se obligó a la ciudadaní­a a que de viva voz manifestara si estaba o no de acuerdo que Castillo Armas fuera así­ «electo»- que el 1 de septiembre de 1954 asumió la Presidencia que vení­a ejerciendo de facto, luego de varias juntas militares que se sucedieron a partir del 27 de junio.

Lo hasta aquí­ puntualizado, permite establecer -y los hechos lo confirman- que las clases dominantes y el imperialismo estadounidense han tenido en sus manos el control de la institucionalidad en el paí­s y que así­ como apoyan y utilizan a quienes representan, defienden y salvaguardan sus intereses, llegado el momento prescinden de ellos sin ningún miramiento, escrúpulo ni consideración. Y ello es así­ en tanto que las instituciones (superestructura) que se asientan en el sistema imperante (estructura), corresponden a sus intereses de clase.

En una sociedad concreta, su estructura corresponde al modo de producción en un momento dado. La estructura determina el carácter y naturaleza de la organización social, sus leyes, gobierno, instituciones, concepciones polí­ticas y morales, creencias religiosas, educación, cultura y qué hacer artí­stico.

De lo apuntado se deduce, entonces, que a todo cambio estructural corresponda un cambio en la superestructura. Esto no se ha dado en el paí­s.

La historia de los últimos 54 años confirma que cuando al modo de producción imperante (atrasado y dependiente) corresponde una institucionalidad (en prolongada crisis de agotamiento y caducidad) y a cargo de jefes de juntas militares de gobierno, gobernantes electoralmente impuestos, cabecillas de golpes militares de Estado, y presidentes electos luego del llamado retorno a la democracia al servicio del poder económico y los intereses imperialistas, es imposible que el paí­s pueda cambiar.

Lo que seguirá prevaleciendo es que el 10 por ciento de potentados acapare cerca de la mitad de los ingresos del paí­s y a la quinta parte más pobre de la población, le toque menos del 2.5 por ciento.

Así­ de abismal es la desigualdad económica y social, y grave y explosiva la situación en general.