El placer de la quema de pólvora


En la ciudad de Guatemala se quema pólvora abundante para Navidad y Año Nuevo. Más que costumbre y tradición reafirmada, representa un verdadero placer. Participa con no oculta emoción toda la gente, conformada por diversas edades, en una abierta competencia del ruido ensordecedor y humaredas molestas.

Juan de Dios Rojas
jddrojas@yahoo.com

Cómo los propios habitantes generan la contaminación ambiental y después sufrimos invariablemente las consecuencias perturbadoras. Es la pregunta pertinente que no tiene respuesta por nada del mundo. Problema creciente por la expansión poblacional que rebasa todo cálculo en tal sentido.

En este caso resulta ser parte de la cultura popular, opuesta al comportamiento y normas que en otras latitudes está ausente. Allá ese tipo de placeres momentáneos choca, por cuanto existe prohibición tajante. Misma que tiene el debido respeto y acatamiento, a sabiendas de sus efectos negativos.

La quema de cohetillos goza sin duda alguna entre el considerable sector infantil que requiere del cuidado de los padres de familia en prevención de lamentables accidentes. Pero canchinflines, silbadores y bombas de fuerte potencia deben merecer la prohibición del caso, a sabiendas del efecto peligroso de alto grado.

Dicha quema de pólvora pese a ser un placer para muchos, constituye el reflejo del entorno violento que se vive en la actualidad, a manera de escape a sus impulsos contenidos. En realidad constituye la quema de dinero útil y requerido a voces para menesteres básicos en beneficio colectivo.

Aunque de un largo tiempo acá en esas fechas de resonancia universal existe un cambio muy notorio, signo que apunta a otra forma subliminal de placer. Las luces de bengala conforman un espectáculo de nota, al instante de esplender el cielo despejado. Sin embargo es factible mediante inversión económica cuantiosa distante de la mayorí­a.

El mes de diciembre con las conmemoraciones en esas ocasiones de culto religioso sirven a la vez de motivación para la referida quema de pólvora. A la cabeza la quema del diablo el 7 y sucesivos eventos que alcanzan estruendos y animación generalizada para los festejos navideños y de Año Nuevo.

Pero como una cosa trae otra, por sabido se calla el acumulamiento descomunal de basura tras la contaminación ambiental exige de una pronta labor de limpieza a cargo del tren municipal especí­fico. No obstante los eslóganes que la limpieza citadina es deber de todos, vemos actitudes refractarias del vecindario.

Similar aspecto sobreviene de la quema de pólvora a granel en las aludidas conmemoraciones, indicadores también que pese a los pesares los habitantes necesitan de volcar su inhibición. La economí­a se favorece con el aguinaldo, circunstancia positiva que genera más fabricación de petardos, y en consecuencia mayores puestos de ventas al público.

El turismo que visita nuestra capital con intencionalidad manifiesta en los dí­as aquí­ aludidos se impresionan y extrañan también de esta práctica inveterada de la quema de pólvora con placer. Nos asocian como distantes de ubicarnos en los renglones civilizados desafortunadamente.

Este fenómeno múltiple de la tantas veces mencionada quema de pólvora en cantidades industriales no repercute solo. Va endosado y obliga a repercusiones por parejo en el orden de la antropologí­a, sociologí­a y conexos. No digamos en la economí­a en fuga dí­a a dí­a y a la psicologí­a, ni vuelta de hoja.