Dormir es una necesidad vital que deberíamos cultivar para vivir bien, aunque no lo hacemos. Según las estadísticas dedicamos veinticuatro largos años al sueño, pero no siempre vivimos con felicidad esa dulce experiencia. Tanto que lo normal en la posmodernidad es acudir a los ansiolíticos como medio sofisticado para seducir a Morfeo.
Y si dormir como bebé en la soledad de nuestras habitaciones de soltero es complicado, lo es más cuando se está casado. Los científicos han descubierto lo mal que la pasan las parejas cuando de dormir juntos se trata. Las causas son variadas, pero destacan los ronquidos, la incomodidad de las camas y las costumbres personales que a veces pueden abrumar al compañero o compañera sentimental.
En el primer caso, los ronquidos, se dice que es un problema mayúsculo porque los seres humanos dormimos como cualquier animal y, en consecuencia, roncamos (uno de cada tres hombres. Una de cada seis mujeres). La situación es terrible, pero aún más porque engordamos y esto hace que la paz nocturna se convierta en un evento imposible.
En cuanto a la cama, se escribe sobre la inconveniencia de los tálamos nupciales estrechos. Se habla, por ejemplo, que los franceses y españoles tienen el récord de utilización de camas estrechas para parejas en el mundo occidental (135 centímetros de ancho en España, 170 en Italia). Estas dimensiones impiden, con toda seguridad, un sueño reparador.
En relación a las características personales para descansar, aunque hombres y mujeres tienen singularidades, lo común entre ellos son los movimientos nocturnos. Los científicos explican que las personas tienen un promedio de cuarenta movimientos cada noche, pero fácilmente se puede llegar hasta sesenta. Entonces, si dormir en pareja es una experiencia dolorosa, ¿por qué insistimos en ello?
Los expertos dicen que casi por terquedad. Dormir en pareja es más un comportamiento inducido socialmente que una actividad de génesis biológica. Y aquí se responsabiliza a la religión. Michelle Perrot, por ejemplo, historiador y autor de la “historia de las alcobas”, explica que mientras la cama conyugal es latina y católica, dormir lado a lado es protestante y anglosajón. El fundamento de dormir juntos es netamente espiritual y su génesis puede encontrarse en diversos textos antiguos. San Francisco de Sales, para citar un caso, le pone en el siglo XVII un toque místico a la recámara cristiana al afirmar que la cama conyugal es un “lugar de amor totalmente santo, absolutamente sagrado y sobre todo divino. En la cama se celebra el gozo a plena luz entre las sábanas más que en lo escondido”.
Con todo, no faltarán los “desadaptados” para quienes dormir solos es un placer incomparable. Entre estos contamos a Montaigne quien escribió: “me gusta dormir en una cama dura y yo solo, incluso sin mujer, al modo real, bien arropado. Nadie me fastidiará en mi propia cama”. Consideremos las conveniencias del comportamiento del francés.