El personalismo triunfa sobre la política


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Círculos personalistas que hacen más mal que bien, dedicados a la siembra de odios y a la cosecha de rencores, se ciernen sobre la política. Cuán lejos están los partidos de ser entidades que motivan al ciudadano a involucrarse en la cosa pública; que salga de la apatía y del individualismo; que supere el egoísmo mezquino. Es esa distancia lo que deja abierta la puerta para que aves ambiciosas e insaciables, se apoderen de la política.

Julio Donis


Pero hay otros pájaros que por su capacidad de influencia en las esferas del poder, o por sus conocimientos, están en la posibilidad de influir para que el destino de este país sea distinto; de todos es conocido el nombre de varios, pero no, ellos prefieren congraciarse con el poder e intimar con cualquier gobierno de turno. Una sociedad no se dignificará por la bondad o la caridad de una persona gobernante, cuyo mandato es además transitorio. Esa misma persona puede ser un autócrata con instintos perversos y la situación sería peor. Por el contrario, es con el espíritu de lo público, esa fuerza en la conciencia colectiva, la que puede conjurar las calamidades del personalismo que acorrala la política, corrompiéndola y vaciándola de su naturaleza. En este escenario, los partidos están llamados a ir a todos los rincones del territorio, superando la capital, contribuyendo a la educación política del pueblo, enriqueciendo su sentido crítico y así dotándolos de sentido de apropiación de su propia condición. Su labor politizadora debe emprender organización a partir de un ideario que tenga como baluarte el bien común;  de esa forma, ese mismo valor será su escudo en el cual se estrellarán los opresores de la ciudadanía. Los partidos no logran remontar la fase de grupos disidentes, cual catervas que juegan al berrinche infantil que prefiere irse corriendo con la pelota, antes que dialogar y enfrentar con altura política el disenso. En ese sentido y atendiendo a su comportamiento fragmentario, quizá se les pueda nombrar partidos porque se parten, pero a cada momento. Son personalismos aglutinados ciegamente alrededor de un cacique, y ni siquiera por sus ideas sino por las promesas de riqueza o de posicionamiento de llegar al poder. Su motor no es obviamente el interés de la generalidad, son movilizados de manera trágica por odios y recelos competitivos. El pueblo que está despolitizado, fácilmente y sin distingo aplaude incondicional a todo lo que emprende o inaugure su gobernante en oficiosa actitud condescendiente o completamente indigna, es lo que queda cuando la pobreza material se lleva la integridad y la ética. En ese momento, el ciudadano ha dejado de serlo, para convertirse en uno más de una masa manipulable y por lo tanto corrupta. Ideas más ideas menos, las anteriores líneas constituyen el contenido principal del editorial del periódico La República de un jueves ocho de junio de 1893, hace ciento veinte años, en tiempos del dictador y militar José María Reyna Barrios. No se puede hacer una conjetura directa, determinando que las organizaciones partidarias del presente guatemalteco son las mismas de hace más de medio siglo en términos de su desempeño institucional, pues la historia no es lineal sino dinámica y este país es complejo, sin embargo la condición constante de cambio social es una alteración profunda en la estructura de dicha sociedad. En aquel lejano 1893 el poder terrateniente se imponía sobre el campesinado y un gran acuño de moneda para los proyectos de Barrios, causó gran inflación y su popularidad mermó… ¿Le suena conocido?