En el prólogo de «Memoria del Fuego», un interesante recorrido por la conquista y colonización de América desde el punto de vista de los pueblos indígenas, el escritor y periodista uruguayo, Eduardo Galeano, comparte su experiencia en la clase de historia. La situación parece la misma a la que vivimos la mayoría de personas que alguna vez, ya sea en escuela pública o colegio privado, recibimos la abrumadora cantidad de nombres, hechos y fechas presentados sin ningún tipo de contexto.
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Este es parte del contenido: «El pasado estaba quieto, hueco, mudo. Nos enseñaban el tiempo pasado para que nos resignáramos, conciencias vaciadas, al tiempo presente: no para hacer la historia, que ya estaba hecha, sino para aceptarla. La pobre historia había dejado de respirar: traicionada en los textos académicos, metida en las aulas, dormida en los discursos de efemérides, la habían encarcelado en los museos y la habían sepultado, con ofrendas florales, bajo el bronce de las estatuas y el mármol de los monumentos… La historia oficial latinoamericana se reduce a un desfile militar de próceres con uniformes recién salidos de la tintorería.»
Así como en la individualidad la experiencia forja nuestra personalidad, la población también necesita conocer los hechos del pasado para determinar el presente y el futuro que quiere construir. Tantos años de silencio, por ejemplo, permitió que hoy en el Congreso de la República uno de los diputados enfrente un proceso judicial por genocidio y delitos de lesa humanidad. La amnesia colectiva no es casual.
La represión del Estado para callar bocas, neutralizar ideas y esconder el pasado, surtió efecto entre la población, principalmente con los que nacimos a mediados de la década de 1980. Algunos medios de comunicación presentan, incluso, una situación bipolar de la juventud guatemalteca, ambas, totalmente indiferentes al repaso: por un lado se encuentran los protagonistas de los operativos de la policía, tatuados hasta los párpados, hacedores de atracos, secuestros y crueles asesinatos; por otro lado, en una situación mucho más cómoda, quienes sin importar el día de la semana pueden disfrutar de los espacios V.I.P., esperan con ansias el periódico del viernes para ver si salieron bien las «chelas» en la foto, y cuyos tatuajes al final de la espalda y en los brazos son «cool».
Quienes no pertenecen a uno de estos dos mundos no existen, y cuando algún espacio está abierto para la reflexión y la discusión mandan a callar, con la recomendación de dejar de escribir sobre cosas que pasaron antes de nuestro nacimiento. Atendiendo a esta limitación no podría expresarme sobre todas aquellas situaciones que hoy hacen de Guatemala un país excluyente y desigual.
Un sacerdote expresó una buena idea sobre la necesidad de regresar las páginas para escribir con mayor precisión en las que hacen falta: «Sólo aquel que conoce su historia es hijo de la paz».