Cada cinco años los obispos de cada Conferencia Episcopal realizan una visita «Ad Limina Apostolorum» al Sumo Pontífice en la que analizan la situación de la Iglesia en cada país y tras el informe al Papa, el jefe del Catolicismo generalmente hace comentarios a los obispos. En el caso de Guatemala, Benedicto XVI dijo que los encuentros que mantuvo con cada uno de los 19 prelados guatemaltecos que asistieron a la visita, le permitieron acercarse a la situación de nuestro país y que observó cómo llevan en su corazón de pastores la preocupación por el aumento de la violencia y la pobreza que afecta a grandes sectores de la población.
ocmarroq@lahora.com.gt
Dijo el Papa que esas condiciones empujan a muchos guatemaltecos a emigrar en busca de oportunidades económicas en otros países, complicando aún más la ya grave situación en el tema de la integración de las familias y creando serios problemas en el ámbito personal.
Indudablemente que los Obispos tienen que haber hablado con el Papa respecto a los temas puramente religiosos y vinculados con el ejercicio de su labor pastoral en el seno de la Iglesia, pero no podía esperarse que pasaran por alto las condiciones terrenales en las que tienen que desempeñar su trabajo y por lo tanto los temas de la violencia y la pobreza tenían que ser parte destacada de la agenda entre el jefe del catolicismo universal y los miembros de la jerarquía eclesiástica guatemalteca. Muchos católicos se molestan cuando los Obispos opinan sobre temas que consideran fuera de su ámbito porque parecieran cuestiones de debate político, pero el Papa les recordó que «la caridad y asistencia a los hermanos necesitados pertenece a la naturaleza de la Iglesia y es manifestación irrenunciable de su propia esencia». Por supuesto que muchos fieles piensan que caridad y asistencia a los necesitados es simplemente darle limosna a los desvalidos, de acuerdo a las viejas concepciones de lo que debía ser el compromiso de la gente de fe ante la realidad social, pero desde finales del siglo XIX, el Papa León XIII disipó cualquier duda que pudiera haber al respecto y planteó el concepto elemental de la justicia social como parte inherente de la fe.
Y es que en el fondo el tema es simple: si la fe católica tiene fundamento y cimiento en la concepción de que todos somos hijos de Dios no sólo se plantea el tema de que siendo todos hermanos nos debemos algo más que la simple limosna para ayudar al desvalido. Y es que además de ser hermanos, compartimos la misma dignidad como seres humanos y nadie puede voltear la vista ante la injusticia, ante actos que atenten contra esa dignidad y la menoscaben. Cabalmente por ello es que, como lo dijo Juan Pablo II en su primera visita a Guatemala, se reclama que no exista divorcio entre fe y vida, porque no se puede entender plenamente la vivencia de la fe sin que exista un compromiso para trabajar por el rescate de la dignidad de aquellos que viven marginados y a quienes se les niegan estructuralmente las oportunidades para realizarse como seres humanos y como hijos de Dios.
No es cuestión de alentar modelos revolucionarios ni plantear en el contexto de nuestro compromiso la lucha de clases como elemento de reivindicación de la dignidad de todos los hijos de Dios, sino simplemente de la vivencia de ese ministerio del amor que nos debiera generar de manera natural y espontánea el espíritu de solidaridad para compartir plenamente las alegrías, penas y esperanzas de la humanidad.
Los católicos tendríamos que tener una tendencia natural hacia la búsqueda del bien común, más que los practicantes de cualquier otra fe, porque el fundamento mismo de la nuestra está en la básica concepción de nuestra hermandad como hijos del mismo Dios. Lamentablemente no somos ajenos a las ambiciones, a las pasiones y a las tendencias tan comunes de los tiempos y por lo tanto privilegiamos valores que no son parte de nuestro compromiso teológico.
El Vaticano, justo es decirlo, ha tenido varios años de una visión conservadora que condenó con toda energía las corrientes de la teología de liberación. Pero aún con el criterio conservador y la visión contraria a las luchas de reivindicación, no puede ignorar el drama generado por la exclusión causante de pobreza, violencia y emigración porque en ese contexto no se puede pretender que haya plena realización espiritual de nadie si la vida tiene que estar dedicada a la búsqueda afanosa de los medios de subsistencia, inhabilitando al ser humano para dedicar tiempo a otros planos que no sean los de la búsqueda de la seguridad y del sustento diario.
Cuando leo o escucho la forma grosera en que muchos católicos se refieren a la actitud de sus Obispos cada vez que ellos opinan sobre las cuestiones terrenales y ponen el dedo en la llaga de nuestro drama social, me explico fácilmente esa crisis que vivimos en el seno de nuestra religión y el tránsito tan fácil que hay de ella hacia sectas de nuevo cuño que nos recuerdan que algo de certeza había en la lapidaria frase de Marx cuando dijo que la religión es el opio de los pueblos porque se refería a esa forma de culto que se limita a rezar para que los pobres alcancen conformidad y resignación ante los designios divinos. Sin entender nuestra fe como un mandato a la solidaridad, creo que es patético ese divorcio entre fe y vida que mencionó Juan Pablo II en el Campo de Marte cuando vino tras oponerse, como debía de ser, a la ejecución de los reos condenados a muerte en tiempos de Ríos Montt. Pero cuando oigo a los Obispos y veo que hasta un Pontífice señalado de ser uno de los prelados más conservadores de la iglesia tiene que reparar en que el nuestro es un país que clama por justicia, siento no sólo que están en el pleno cumplimiento de su deber, sino forjando ese cimiento profundo e indestructible de nuestra fe.