Durante su visita a Belén, en los territorios palestinos, donde viven hacinadas cinco mil personas descendientes de palestinos que en 1948 debieron abandonar 25 aldeas cercanas a Jerusalén, el papa Benedicto XVI ha condenado duramente la mole de cemento que se alza a lo largo de muchos de los 325 kilómetros de frontera. «En un mundo en el que las fronteras cada vez están más abiertas al comercio, a los viajes, a la movilidad de la gente, a los intercambios culturales, es trágico ver que todavía se erigen muros», afirmó el Pontífice, con el muro a sus espaldas.