El paisaje vivencial de Sergio Alvarado


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En abril del 2008 en este mismo espacio di las primeras noticias sobre Sergio Alvarado, artista joven de Salcajá, Quetzaltenango, a quien llamé “tejedor de sueños”.

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POR JUAN B. JUÁREZ

Casi cinco años después, luego de cinco exposiciones personales y participar en más de 30 colectivas en diferentes lugares de Guatemala, un viaje de trabajo a Cuba junto a los más conocidos pintores de Xela y varios reconocimientos significativos, Sergio Alvarado, aunque sigue siendo joven, ya no es una promesa sino que tiene ya una personalidad artística bien definida como se puede apreciar en la muestra “Experiencias vividas” abierta en Galería La Antigua, en la se remarca su original perfil forjado en un contexto marcado por la tradición.

Cuando afirmo que su personalidad artística ha sido forjada en un contexto cultural tradicional hago referencia a que, además de su talento natural y la disposición para el diseño y el color que le viene de la herencia de varias generaciones de tejedores, la trayectoria de Sergio Alvarado está hecha de golpes y frustraciones que se han sucedido casi con la misma frecuencia e intensidad que los éxitos y reconocimientos que registra en su currículo.  Basta mirar en Internet las diversas tentativas estilísticas y temáticas en las que no “cuajó” su impulso creativo pero que constituyeron duras experiencias que contribuyeron a formar (a forjar) su personalidad y algo así como el estilo que caracteriza a sus obras más recientes.

Los cuadros que componen la serie “Experiencias vividas” se diferencian del paisaje tradicional (como bien apunta Guillermo Monsanto), precisamente por la carga vivencial de las imágenes.  Es decir, lo que determina su validez como expresión artística no es la objetividad con que se observa un escenario desde afuera ni la fidelidad con que se le representa académicamente en la obra, sino la intensidad de la vivencia a partir de la cual el artista recrea una experiencia.  Vivencia, en este sentido, no es cualquier cosa que se haya vivido sino que, según George Gadamer, se refiere a una experiencia privilegiada que de alguna manera marca a la persona que la vivió.  Así, Sergio Alvarado no es el tipo de pintor urbano que se va al campo a “paisajear” sino que él vive dentro de ese campo que para él no es paisaje sino propiamente su escenario existencial más propio y cercano.  Consecuentemente, el énfasis expresivo no está puesto en el escenario natural  (el paisaje tradicional) sino en lo que allí sucede y que es vivencialmente memorable en el sentido apuntado.  Los atardeceres, por ejemplo, rememorados con tal intensidad que ya no son reales sino que, en los cuadros de Sergio Alvarado, se han convertido en imágenes poéticas; o esa boda o esas flores o esas casas entre los sembradíos, o esos trigales dorados como mares mecidos por el viento o esos caminos de tierra o ese ensimismamiento de las vacas, que no pueden ser observados y recreados por un paisajista virtuoso sino que tienen que ser rememorados por el artista al que le marcaron la vida.

Por la vía de la vivencia y del recuerdo, Sergio Alvarado se concilia con la tradición pictórica quetzalteca, hecha más a partir de sueños y de símbolos oscuros que de objetividades directas y palabras unívocas, pues sus paisajes dicen siempre más de lo que muestran: son testimonios de vida, son reflexiones sobre el sentido de la existencia, son, más que despliegue de dominio técnico, recreaciones poéticas de experiencias profundas, de vivencias que deciden un destino.