El ordenamiento constitucional vigente y las reformas propuestas ( 9)


Las condiciones objetivas están dadas para los cambios de fondo que es necesario institucionalizar en el paí­s. Las subjetivas, todaví­a no. En consecuencia, procede emprender la articulación de un amplio, participativo, incluyente y protagónico movimiento ciudadano, social y popular por un nuevo paí­s, una nueva Nación, una nueva República y un nuevo Estado y que, como sujeto y actor polí­tico organizado, asuma la lucha a favor de la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente y la emisión de una nueva Constitución de la República, el Estado y la Nación.

Ricardo Rosales Román
rosalesroman.cgs@gmail.com

En el momento actual y en perspectiva es este el esfuerzo más importante encaminado, por un lado, a restablecer la unidad ciudadana, social y popular y superar la dispersión de la izquierda, el movimiento obrero y sindical, el campesinado y los pueblos indí­genas y, por el otro, institucionalizar un nuevo ordenamiento constitucional que ponga al paí­s en condiciones para avanzar hacia una etapa superior de desarrollo, progreso, equidad, justicia e inclusión. Ello supone la participación en la elaboración, discusión y aprobación de la Nueva Carta Magna y cuyo gran objetivo estratégico nacional y social habrá de estar encaminado a superar, corregir y poner fin a los privilegios, exclusión e inequidad propias de la estructura de poder institucionalizado a partir de 1954, legitime la democracia real, funcional y participativa, la Nación multiétnica, pluricultural y multilingí¼e, la República libre y soberana, real y verdaderamente independiente, y el Estado institucional y financieramente fuerte. No me inmuto ni vacilo al afirmar que si se procede así­ se estarí­a dando el primer paso hacia la concertación de un gran programa nacional, democrático, social y popular en interés del pueblo, el paí­s y la nación guatemalteca. Constitucionalmente se trata de caracterizar, interpretar y darle proyección y perspectiva a la época en que se está así­ como convenir los cambios que aseguren el desarrollo, el progreso, el bienestar y la prosperidad. De lo contrario, significarí­a quedarse en lo meramente formal, excluyente y antidemocrático de las reformas propuestas. La alternativa a que por esa ví­a se trate de mantener y dar continuidad al debilitado, caduco y agotado ordenamiento constitucional, pasa por la emisión de la nueva Carta Magna que la realidad impone, el pueblo exige y la nación demanda. Enfatizo e insisto, en el marco del ordenamiento constitucional. A manera de anexo.- Nuestra institucionalidad más reciente es parte de la historia y manifestación de la lucha de clases. El Estado y sus instituciones representan y se sustentan en los intereses de la oligarquí­a local y las grandes transnacionales. La excepción lo constituye el perí­odo que va de octubre de 1944 a junio de 1954. La Junta Revolucionaria y los dos gobiernos, mayoritaria y democráticamente electos, institucionalizaron los cambios que, por su profundo contenido social y popular, beneficiaban a la mayorí­a de la población de la ciudad y el campo. Conforme el proceso se fue profundizando, la derecha conservadora local, el anticomunismo internacional, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y las cuatro grandes compañí­as estadounidenses que dominaban el paí­s, conspiraron permanentemente contra la institucionalidad y el paí­s y mediante la intervención extranjera lograron violentamente interrumpirlo. De 1954 a 1985 Guatemala fue gobernada por regí­menes de corte militar, el terrorismo y la contrainsurgencia. Los ricos del paí­s, el capital extranjero y sucesivas camarillas castrenses, retoman el poder polí­tico e imponen las reglas de su dominación y hegemoní­a. Toda manifestación de oposición fue acallada mediante la fuerza y la represión, se acentuó el atraso, la injusticia y exclusión, el racismo y discriminación. En 1960 y ante el violento cierre y prohibición a la libre participación polí­tica y ciudadana, se desencadena la lucha armada revolucionaria. El conflicto armado interno de 36 años se resolvió por medios polí­ticos y culminó con el Acuerdo de Paz Firme y Duradera. La diferencia con aquellos nefastos 31 años y lo que empieza a darse en 1986, es que la institucionalidad -legitimada después de dos golpes militares (1982 y 1983)-, desencadena las pugnas por el control del poder polí­tico y la gestión gubernamental al interior de la oligarquí­a, los poderes paralelos y los grupos de presión. Es en ese marco que cabe situar las reformas a la Constitución planteadas. A ello y a las propuestas en concreto estará dedicada la segunda parte de lo ya elaborado y cuya reproducción en el diario La Hora concluyo con la publicación de la columna de hoy. http://ricardo rosalesroman.blogspot.com/