Pese a las precariedades que afronté en mi infancia, las limitaciones de mi época de adolescente, las rebeldías en mi díscola juventud y a las contrariedades propias de un ser humano normal y corriente e incluso ahora cuando me he convertido en adulto mayor, siempre he sostenido pensamientos optimistas porque, pese a los sinsabores que me han acompañado como fieles adversarios, considero que la vida me ha deparado más satisfacciones que ingratitudes.
Sin embargo, a lo largo de mi agradable existencia he conocido personas que sobrepasan los linderos del más luminoso optimismo, de manera que suelen encontrarle el lado positivo a cualquier circunstancia por grave que sea el problema o conflicto que atraviesen, o por complejo que sean los obstáculos que impiden el progreso de una comunidad.
Al respecto de estas lucubraciones, ayer debió haber concluido la celebración del XVII Congreso Ibero-Latinoamericano del Asfalto, realizado en Antigua Guatemala, en el que participó el titular del Ministerio de Comunicaciones, designado presidente honorario del comité organizador de tan significativo encuentro internacional, además de que, para no variar, también estuvo presente el gobernante Pérez Molina, en momentos en que sus múltiples tareas se lo permitieron, adicionándole lustre y simbolismo a esa actividad.
Para no salirme del tema, debo referirme a las declaraciones externadas ante 400 especialistas en la materia de 21 países por el señor Pedro Luis Rocco (digno apellido que hizo honor al tema central de la cimera cita), presidente del Instituto del Asfalto de Guatemala, organización de cuya existencia yo ignoraba por completo en vista de mi falta de conocimientos en esa y otras múltiples técnicas y disciplinas vinculadas a la construcción de carreteras, puentes, viaductos y otras obras similares en las que se utiliza como revestimiento esa “sustancia bituminosa, negra y compacta”, según fidedigna definición del diccionario.
El caso es que don Pedro Luis, con la sobriedad que caracteriza a un experto, sentenció que “Para construir una carretera se deben tomar decisiones técnicas y no políticas”, aunque el reporte periodístico no especificó si lo dijo viéndole a los ojos al meditabundo ministro Alejandro Sinibaldi, como una simple reconvención.
Es más, el esperanzado señor Rocco fue mucho más a allá de esa sutil indirecta al máximo responsable de la red vial de Guatemala, en virtud de que sin que le temblara la voz indicó que “La vida útil de las carreteras sería entre 30 y 40 años, si se tomaran en consideración factores hidrológicos, cantidad de vehículos que transitan, el peso y mantenimiento”, aunque no se pueda verificar si el titular de Comunicaciones se dio por enterado.
El mismo presidente de la citada asociación asfáltica, empero, se encargó de oscurecer el clima de sobrado optimismo que había cubierto el ambiente del congreso, cuando espetó estas explosivas palabras al oído del presunto aspirante presidencial: “Pero como no se hace, las carreteras tardan entre cinco y siete años”, aunque se cuidó de señalar como causa de ese desastre a la intromisión política con su generosa dosis de corrupción en proyectos eminentemente técnicos.
(El constructor Romualdo Tishudo, empecinado optimista, cita esta frase de autor que no conoce: -El hombre no muere cuando deja de vivir, pero sí cuando deja de amar-).