El olor de las ciudades


Notre Dame y el rí­o Sena, en Parí­s.

El ser humano se está deshumanizando, y no es un oxí­moron. Es porque estamos perdiendo nuestras capacidades naturales, como dormir, amar, morir o, una tan absurda, como oler. Nuestra nariz, más que para apreciar los olores, nos sirve para un fin tan pragmático como el respirar; y esto ya se está convirtiendo en una media verdad, porque de a poco, hay gente (sobre todo deportistas) que prefieren respirar por la boca.


Y es una lástima, porque el sentido del olfato, al igual que el del gusto, es uno de los más refinados, quizá uno de los logros más gozosos de la evolución, aunque para algunos pueda ser contradictorio, porque son los animales quienes mejor hacen uso del olfato.

El olfato del hombre civilizado ya no le sirve para cazar y procurarse su alimento. Para eso ya no sirve, desde hace mucho. Pero tampoco sirve para apreciar aún más los gozos de la civilización. La comida, por ejemplo; entre tantas hamburguesas grasosas envuelto en un pan desabrido, hemos optado por ya no oler la comida antes de probarla; ¿para qué oler un pedazo de plástico mezclado con carne grasosa? Si una comida estuviera mal, o simplemente no tuviera buen sabor, de nada nos sirve el olfato, que antes prevení­a de una posible intoxicación.

Y dicho sea de paso, de a poco vamos perdiendo el sentido del gusto. La catadura de vinos, cafés, rones y otros lí­quidos, se está convirtiendo en una especialización sofisticada, ya que el común de los mortales estamos perdiendo el don de degustarlos. Ya no olemos, y casi no sentimos los sabores. El cigarrillo, además de cáncer, también enajena el gozo de percibir los ricos perfumes.

Bueno, en realidad no me quiero extender en las posibilidades del olfato, sino que me quiero centrar en un punto: el olor de las ciudades.

Las ciudades, como cualquier ser vivo, posee un olor. Es difí­cil percibir este olor en la ciudad natal, porque pronto nos acostumbramos a él. Pero es fácil reconocer ese olor a aceite de hí­gado de bacalao y coco en las ciudades costeras, por poner un ejemplo extremo.

En Parí­s, la famosa ciudad luz de Francia, los parisinos parecen pasar inadvertidos por el olor de esta ciudad. ¿A qué huele? No es un olor único. Es un olor fuerte, fuertí­simo, que da una primera reacción de taparse la nariz, pero que de a poco empieza a habituarse en el olfato, y se perciben olores contrarios: una sensación entre lo dulce y lo nauseabundo, pero sobre todo, dulce. Almizcle, dirán.

Ese olor, más que sentirlo por la nariz, también se percibe con la piel; se impregna, y por la noche, se duerme pensando en él. Al preguntar a cualquier transeúnte, es común recibir la contestación: «Â¿Cuál olor?», lo que me hace suponer que los nativos no perciben su olor de origen.

Pero algún visitante sabrá cuál es esa razón. Entonces, señalando al centro de la ciudad, se puede encontrar el origen de ese olor. Es el rí­o Sena, que desde las montañas baja para atravesar todo Parí­s (¿o fue Parí­s que se atravesó en el Sena?).

La ciudad de Parí­s se ha formado alrededor del rí­o Sena. La catedral de Notre Dame, famosa en la literatura, se encuentra justo en el mejor sitio, sobre una de los preciosos islotes. Así­, la Torre Eiffel, los museos del Louvre, D»Orsay, los edificios estatales, el Instituto de Francia… todo, casi todo lo bello de Parí­s se encuentra en sus riberas.

Al tomar un autobús para conocer la ciudad, es casi imposible percibir el olor del Sena, que a su vez es el olor de Parí­s. A esta ciudad hay que conocerla con la piel, dejar que penetre por los poros, y no simplemente andar de prisa, con la cámara digital disparando a la Torre Eiffel o a la Gioconda, para luego, ver Parí­s desde un monitor pantalla plana desde su paí­s de origen, y darse cuenta -por la mala calidad de las fotos- que en realidad no estuvo ahí­.

Parí­s tiene mucho que ofrecer; calles escondidas, en donde se está tramando una revolución polí­tica o artí­stica; los escenarios más extremos e iconoclastas de la cultura; el pensamiento más radical de la sociedad. Pero para llegar a ello, hay que perderse en sus calles, percibir su olor por la piel.

Sin embargo, ante la falta de tiempo para compenetrarse, basta ir al centro de la ciudad, hasta toparse con el Sena. El rí­o puede conducir por los sitios más bellos de la ciudad.

El caminar tranquilo en las riberas es un placer. í‰sta es una ciudad, en la cual, tanto sus pobladores como los turistas, caminan de prisa.

Recordar Parí­s es recordar su olor, el olor de almizcle del Sena. Al regresar a Guatemala, intenté reconocer cuál es ese olor que caracteriza a la ciudad. Percibí­ algo en el Centro Histórico, pero me imagino que ello no se puede extender a toda la ciudad.

He seguido buscando, y no he logrado toparme con ese olor caracterí­stico de mi ciudad. Quizá, porque es mi ciudad natal y estoy bloqueado para percibirlo; tal vez, ya tengo atrofiado mi sentido del olfato. Sin embargo, creo reconocer cierto olor, algunos instantes previos a que empiece a llover…