Siempre nos vanagloriamos de las cosas que vamos logrando en la vida y que nos sirven para marcar nuestros niveles de éxito, pero pocas veces reparamos en la trascendencia que tiene el papel que jugamos en la formación de los hijos, tarea para la que ni los padres ni las madres recibimos un manual que nos indique cómo es que debemos proceder en todos y cada uno de los casos. Siempre he pensado que no hay tarea más importante y a la vez tan compleja, como la que ambos padres tienen que realizar en la educación de los hijos.
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Yo he tenido tres figuras paternales en mi vida que han sido verdaderamente importantes e influyentes. La primera y más destacada es la de mi padre, de quien no sólo aprendí mi oficio sino que además una forma de realizarlo comprometidamente y con sentido de responsabilidad social. La figura de mi abuelo marcó también mi personalidad porque siento que él quiso reponer conmigo el tiempo que perdió en la formación de mi padre durante los cruciales catorce años del exilio durante la época de Ubico. Y por último, la figura de mi suegro con quien hemos afianzado una amistad intensa salpicada con debates apasionantes.
Pero me tocó formarme en una etapa en la que la relación de padre e hijo tenía mucho formalismo y poca espontaneidad. Fue con el paso de los años que mi padre y yo logramos identificarnos de manera plena y convivir ya no bajo aquellas reglas estrictas sino en un plano de amistad y camaradería. Eso es lo que yo he tratado de tener desde el principio con mis hijos, a quienes he considerado mis mejores amigos y con quienes tantas veces a lo largo de esas etapas iniciales de la formación, metí la pata por querer hacer las cosas bien, pero careciendo de la experiencia y el conocimiento suficiente para lograrlo.
Ahora veo a mis hijos formando a sus propios hijos y pienso mucho en los errores que uno comete porque nadie se prepara adecuadamente para ser padre de familia. Errores que hemos cometido por generaciones y que, gracias a Dios, no dejan una huella imborrable, pero que a la luz de los años y de reveses sufridos, uno entiende y dimensiona correctamente cuando ya es tarde.
En estos últimos tiempos nos han tocado dificultades especiales como familia de las que vamos saliendo especialmente gracias a los valores que nos unen. Afortunadamente compartimos no sólo los principios esenciales sino que también nuestra forma de reaccionar frente a la adversidad.
Lo que más lamento y resiento en mi vida fue la forma en que una extranjera se convirtió en cuña para romper la unidad que siempre tuve con mi padre y que todo el tiempo imaginé que sería para siempre. Pero la vida es así y hay factores extraños que no puede uno medir y que terminan teniendo una influencia que nadie hubiera podido imaginar. Todos los días nos toca aprender algo nuevo y asumir realidades contra las que no se puede hacer nada. Pero en este día del padre pienso mucho en lo que fue y pudo haber sido, de no ser por esa ambiciosa intromisión que puso fin a una estrecha y bonita relación de padre e hijo.