El ocaso del león


Antonio Cerezo

Renuncio. ¿Cómo es posible que después de toda una vida en la oficina me hagan esto? ¡Remigia! Voy a dictarte una carta. Sí­, no pongás esa cara de vaca afligida; voy a dictarte mi renuncia.


Estimado Gran Jefe… no, qué estimado ni qué ocho cuartos. Señor Gran Jefe, tampoco; si de señor no tiene nada. Ponele sólo Gran Jefe y le decí­s que mañana ya no vengo. Apurate.

No es posible que esto suceda. Más de veinte años sirviéndole a la oficina; he escalado posiciones desde la más baja hasta jefe de jefes. ¿Por qué no lo lograron otros? ¿Por qué tuvieron que renunciar? Porque yo soy mejor, no sólo para caminar por las mañanas y chupar parejo, sino para el trabajo. Sí­, el trabajo sale sea como sea, aunque este grupo de haraganes que tengo trabaje a media agua.

No Remigia, no me gusta. ¿Cómo es eso que «la institución que usted acertadamente dirige?» Si fuera acertada su dirección no estarí­a sucediendo este descalabro. Cambiame esa frasecita; ponele la institución que usted dirige, o mejor no le pongás eso; decile que no voy a estar más en la oficina y punto.

Este carajo se cree Dios. Pero no llega ni a ayudante de administrador; no le doy seis meses más de vida a la oficina. En cuanto los jefes, pero los verdaderos jefes, se enteren de lo que está pasando aquí­, tomarán cartas en el asunto; deben tomarlas porque si no esto se acaba.

Te digo que no lo adulés, Remigia, que no le pongás «atentamente», si yo no quiero ser atento con el cabrón ese; además, eso de «su atento servidor» tampoco. Sólo ponele mi nombre. Ah, me sacás seis copias por favor.

Tanta burocracia para decirle a un cabrón que ya no quiero trabajar con él, que yo también tengo mi dignidad y que no voy a permitir semejante atropello. ¿Cómo voy a ser ahora subalterno después de tantos años? ¿Después de ser jefe de jefes? Si yo he trabajado muchí­simo; que ahora me haya retrasado un par de semanas para venir a la oficina, no quiere decir nada.

Ahora sí­, Remigia, los adornos ya están bien; la parte medular, el meollo del asunto, debe decir: «presento a usted mi renuncia irrevocable por el atropello cometido contra mi persona»; no, «por la degradación de que he sido objeto»; no, tampoco. Haceme un borrador y me lo traés.

Un jefe de jefes no puede soportar ¡jamás! semejante humillación: ¿Cómo es que ahora voy a ser un simple colaborador? ¿Por qué debo estar bajo las órdenes de quien fue mi subalterno? ¡Ese es un despido indirecto! Y antes que un despido, renuncio.

¡Remigia! ¿Está lista la carta? Bien, dame una pluma. La firmo. No, mejor no la presento; ¿qué te parece? Lo que no pueden quitarme son todos los años de servicio, mis prestaciones, el salario. El sueldo es bueno, Remigia, y es mí­o. ¿Por qué voy a irme? Si quieren que no haga nada, pues nada. Me quedo.

Ay Farabundo, pero es que te han degradado; es como que después de haber sido león, te convirtieran en gato.

Sí­, pero de Angora.