Teóricamente en el entorno en el que nos desenvolvemos, con predominancia cristiana, la Semana Santa debiera ser un período que además de la intensa actividad litúrgica, habría de constituirse en un punto de partida para un cambio de actitudes derivadas de las profundas reflexiones propias de este lapso. Pero lo cambiante de nuestro mundo contemporáneo nos señala que la Semana Mayor está caracterizada por diversos significados. Algunos tan alejados de la espiritualidad que de hecho es, para muchos, un tiempo vacacional y banal.
La adopción de nuevas costumbres. El intercambio de éstas dentro de un mundo caracterizado por la inmediatez. Lo circunstancial. Es en parte la suma de esta transformación que muchas veces colisiona con una tradición que se resiste a la extinción, pero ¿Por cuánto tiempo? La naturaleza de la propia Semana Santa, de nuestra propia Semana Mayor se desenvolvió desde un cuadro próximo a una mitología (como la de no bañarse después de las tres de la tarde del Viernes Santo, so pena de adoptar cola de pez en lugar de piernas) condicionante, al «veraneo» importado (y alienante) de comunidades más al norte del planeta.
El tiempo de penitencia. Los lapsos de abstinencia. Los momentos de la búsqueda de una unidad entre el individuo y el Cosmos idealizado en la postración al sacrificio mayor del «Hijo del Hombre». Es ahora propio de una generación que habrá de vivir una profunda transformación. En lo económico. En lo político. En lo que hemos dado en denominar la «globalidad».
El arraigo que solíamos reconocer a este importante período dentro de la anualidad de la Cristiandad, está dando paso, vertiginosamente, a otra serie de costumbres que poco o nada tienen que ver con el apego a la propia Fe cristiana. De hecho, asumo por lo que observo, a ningún tipo de fe. Es según aprecio ya una festinada actitud prosaica en extremo. í‰sta suele disfrazarse de un desenfrenado y enfermizo esnobismo importado.
No soy una persona religiosa. De hecho soy un iconoclasta al punto de rozar el límite del agnosticismo activo. Pero me preocupa que habiendo lapsos para los que podría dedicarse con esmerado empeño la búsqueda y el alcance de renovadas y armoniosas formas de convivencia, se apele antes bien a un conjunto de circunstancias que acentúan la irreflexión, el individualismo y la «sed» por apartarse de la realidad.
Desde que perdí el gusto por contemplar los cortejos procesionales, opté por refugiarme en las lecturas y en la observación de la naturaleza y sus intrincadas reglas. De hecho me aparté muy pronto de las tendencias de la muchedumbre. Eso no me hace mejor, desde luego. Pero me permite contar con un punto de referencia. El punto de inflexión por medio del cual aprecio con preocupación, cómo estamos perdiendo parte de nuestra humanidad. Nos dejamos atrapar por la materialidad de hacernos de bienes y de instantes por demás insignificantes, pero que la propia mediocridad nos hace creer que ahí está el punto de nuestra felicidad.
Y a mi juicio es de resaltar lo anterior, pues es en ese entorno que se suele perder el juicio. De pronto nos vemos envueltos en un loco afán por alcanzar esos niveles de «propiedad». Que nos arrastra y nos dejamos arrastrar sin medir las consecuencias del vacío que le envuelve. Y es ahí en donde empiezan a correr ríos de sangre. Pues lo importante es alcanzar nuestras propias satisfacciones. No importa sobre quién o a cuántos se ha de atropellar, o se habrá de agredir. Quizás hasta de matar. Esas parecen ser las principales motivaciones e impulsos que genera el individualismo enfermizo que se ha disfrazado de neoliberal en lo político. Que se ha envuelto de abusos y engaños en lo económico. Que predomina en este mundo que corre, corre frenéticamente hacia su propia destrucción.