El nuevo Arzobispo


A monseñor í“scar Julio Vián, anterior Vicario Apostólico de Petén y ahora Arzobispo Metropolitano de Los Altos Quetzaltenango-Totonicapán, lo conocí­ desde mis años de estudiante universitario. Se trataba de una persona afable, sencilla y sobre todo entregada a su vocación. Era uno de esos curas que parecí­a vivir el Evangelio y experimentar con satisfacción su vocación de pastor. No diré que se evidenciaba que llegarí­a a ser Obispo porque, creo que ni él mismo se lo imaginaba, diré solamente que era una muy buena persona y buen ejemplo para los seminaristas en formación.

Eduardo Blandón

Como Salesiano, monseñor Vián Morales, tení­a una pasión singular por los jóvenes. Se hací­a querer y por lo mismo los muchachos se acercaban a él como a un padre, no obstante su juventud en aquella época (unos 35 años). Fue en el Colegio Salesiano San Miguel, de Honduras, me parece, donde demostró sus mejores cualidades de lí­der, guí­a espiritual y buen pastor para el acompañamiento con los jóvenes. Allí­ dejó una enorme huella y la fama de ser una persona con dones especiales.

Años después fue Director del Centro Juvenil Don Bosco, en Managua. Me consta que hizo un trabajo extraordinario en la parroquia, trabajó por las vocaciones, impulsó la pastoral juvenil y favoreció a los grupos organizados de la iglesia. Fueron años maravillosos que aún hoy recuerda la feligresí­a. Además era (o es todaví­a) un muy buen predicador. Sus homilí­as no eran ni muy breves ni demasiado extensas. Lo justo para mantener despierto al fiel y motivarlo en la vivencia de su vida cristiana.

Años antes de empezar su trabajo pastoral, siendo todaví­a seminarista me parece, habí­a estudiado liturgia (creo que en España). Evidentemente le gustaba esa disciplina, sin embargo no era un liturgista fanático. Cuidaba los ritos, se esmeraba en las fórmulas y esperaba que todo saliera impecablemente en los actos litúrgicos, pero no se amargaba la vida si algo no salí­a como se planificaba (como sí­ sucedí­a en otros traumados). Sabí­a ser equilibrado y comprendí­a que más allá de la liturgia está la condición humana, los errores y, sobre todo, la caridad.

Como Vicario en Petén lo visité en un par de ocasiones y su trató no varió nunca conmigo. Siempre fue cordial, platicador e interesado por mi vida no sólo espiritual, sino material. En esas oportunidades me invitó a comer e incluso me ofreció la iglesia si no tení­a donde pernoctar. Perdido en el Petén de repente en Guatemala sabí­amos poco de él, pero sin duda hací­a un trabajo interesante entre la feligresí­a, silenciosa, pero vital e incidente. Tal trabajo, sin duda, fue reconocí­a por la Iglesia que ahora le encomienda una nueva responsabilidad en Quetzaltenango.

No me cabe la menor duda que monseñor Vián hará un trabajo extraordinario en esos lugares y que la evangelización cobrará nuevos brí­os en Los Altos. Los jóvenes han ganado un gran pastor y la Iglesia tiene en ese lugar a un servidor fiel, justo al estilo de san Juan Bosco.