Era realmente esperado que el Premio Nobel de la Paz fuera otorgado este año a Al Gore, el político que en los últimos tiempos se ha dedicado a luchar contra el calentamiento global del planeta Tierra y a denunciar el riesgo del comportamiento irracional de quienes no entendemos que nuestras acciones de hoy tendrán efectos irreversibles en perjuicio de las generaciones que vienen atrás. Esa ausencia de sorpresa, porque prácticamente en todos los medios se daba por sentado que el ex vicepresidente de los Estados Unidos sería el galardonado, es resultado del reconocimiento a su trabajo para alertar a la humanidad de un riesgo concreto.
Obviamente la distinción tiene sus repercusiones políticas, puesto que en primer lugar se produce para reconocer esfuerzos en la lucha contra el calentamiento global de quien fue contrincante del actual Presidente de los Estados Unidos, el señor Bush, quien sin ningún recato protegió los intereses de las grandes industrias petroleras mandando al cesto de la basura la convención de Kyoto que hubiera obligado a esa gran economía mundial a adoptar medidas para evitar más daños al ambiente. También se especula ahora sobre lo que para el futuro político del mismo Gore significa este premio, sobre todo cuando pareciera que la lucha por la nominación en el campo de los demócratas norteamericanos se inclina a favor de la señora Clinton quien tiene todas las probabilidades de ser postulada, pero muchas dificultades para ser electa para la Presidencia.
Siempre hemos pensado que en decisiones como la que se tomó al dar la distinción a Al Gore existen esas implicaciones que no necesariamente son las que buscan los encargados de evaluar a los aspirantes, pero que se convierten en un efecto concreto e irrefutable. Pero sin que nos podamos considerar ecologistas en el más estricto sentido, entendemos y compartimos las preocupaciones que hay por la ausencia de políticas globales para proteger nuestro entorno y creemos que el Premio Nobel constituye una enorme caja de resonancia para que más gente ponga atención a la tesis de Gore, un político que se puso con toda propiedad el ropaje científico para abordar un tema desde esa perspectiva dual y que le permite llegar a mucha más gente para propagar un mensaje de advertencia.
En el tema del deterioro ambiental ya sabemos que hay posturas encontradas y que mientras algunos piensan que vamos en ruta de autodestrucción, otros piensan que no hay tal riesgo y que la actividad productiva del ser humano encontrará los remedios para compensar los daños. Lo cierto del caso es que hay ya un problema climático que todos sentimos y que trabajar como lo hace Gore es edificante y aleccionador.