El mundo en que vivimos


Es increí­ble los niveles de insensibilidad en que ha caí­do el ser humano. Es increí­ble los grados de deshumanización en que sus actos nos demuestran que algo anda mal. Que la cita bí­blica que relata la existencia del árbol de la ciencia del bien y del mal, algo tendrá de verí­dico. Que apoyada en la otra que reza que la raí­z de todos los males es el amor del dinero pareciera reflejar con crudeza el comportamiento que demuestra en sus actos.

Carlos E. Wer

La situación de violencia que azota nuestra tierra nos espanta. Ese collar de muertes que se asemeja al pan nuestro de cada dí­a (aún cuando es más difí­cil la obtención de éste), mantiene a la población en un estado de psicosis alarmante. Más, las noticias domésticas que absorben casi por completo al guatemalteco, poco espacio da para enterarnos de aquellas que, provenientes del resto del mundo, podrí­an alertarnos acerca de un comportamiento que derivado de ese desmedido amor por los bienes materiales, no conoce barreras que le limiten.

La denuncia de la armada rusa acerca de la responsabilidad estadounidense en la tragedia que azota a nuestros hermanos en Haití­, es increí­ble. Increí­ble si no se tiene un mí­nimo de conocimiento acerca de los también increí­bles avances de la ciencia. Ese otro versí­culo bí­blico que señala que seréis como Dioses, pareciera también que justificara el dominio cada vez más pronunciado que, arrancando a la naturaleza sus secretos, lleva a la ciencia a su dominio.

No existe un lí­mite para que esa pasión que desata el poder del dinero, sea contenida. Y así­ como en nuestra pequeña Guatemala el caso Rosenberg nos demuestra que tan fácil hombres de empresa, pertenecientes a una acaudalada familia, utilizan el sicariato para resolver sus problemas, así­ cada dí­a se va haciendo más creí­ble que el nueve de septiembre haya sido la concreción de la maquiavélica maquinaria económico-polí­tica que necesitaba un pretexto para alimentar el sentido y orgullo nacional de los estadounidenses, para alcanzar sus objetivos de controlar una de las zonas en las que se producen toneladas de droga, al mismo tiempo que preparaban el terreno para saquear el petróleo iraquí­.

Cuántas veces en esta misma columna denunciamos la existencia del plan denominado Clean Break, con el que el grupo Halcón encabezado por el criminal ex presidente de ese paí­s Dick Chenney, quien con antelación lo preparara. El colmo fue, la denuncia, en su momento, de cómo, junto a la planificación de la invasión a Irak, planificaran el saqueo de las riquezas del museo de Bagdad, custodio de los remanentes del principio de nuestra civilización.

Una tras una, las acciones de ese superpoder que maneja la polí­tica y el poder económico del mundo, ha ido planificando su sueño del Nuevo Orden Mundial que instalarí­a un gobierno único, dueño y señor de este nuestro globo terráqueo.

La denuncia, apoyada en sólidos argumentos cientí­ficos, de la responsabilidad (y eximamos al inocente pueblo estadounidense, quien sufre actualmente las consecuencias de esa exagerada pasión por el poder y el dinero) de quienes gobiernan a ese gran paí­s descarrilado de sus principios, en la utilización de la ciencia para provocar el desastre en ese pobre y miserable paí­s, en el que nacieran las luchas independentistas latinoamericanas, provocando la muerte de miles de haitianos, es por más preocupante, ya que todos aquellos paí­ses en los que existan fallas geológicas, están expuestas a la furia de los señores del terror.

Lo que pasarí­a en nuestra Guatemala si ocurriese una catástrofe de esas dimensiones, cuando se carece de las organizaciones entrenadas para enfrentar emergencias, serí­a pavoroso… ¡Cuando veas las barbas de tu vecino pelar, pon las tuyas a remojar!