El mundo es cada vez más aburrido, dicen algunos. Y no sólo más aburrido, pensaría, sino más complicado, difícil y a veces tormentoso. La técnica es cierto que ha ayudado a hacer la vida más «fácil», pero al mismo tiempo nos la ha complicado. De poco han servido los celulares, la televisión e Internet porque la humanidad padece de una especie de vocación al aburrimiento.
Por eso es que tienen tanto impacto las drogas: el alcohol, la marihuana, la cocaína y hasta el café y la Coca Cola. Definitivamente el aburrimiento vital que llevamos hace que tengamos necesidad de apoyos externos que nos ayude a vivir en otra dimensión, alejados de un mundo abrumador y pesado. Claro, hay drogas más «soft» y aceptadas socialmente: el vino, el café o el té, pero todas tienen el claro propósito de provocar en nosotros algún cambio para sentirnos mejor.
Esto no es una apología de las drogas, no es una invitación a su consumo, sino la constatación de la urgencia siempre perenne en los seres humanos de algo que permita despegar del malvado mundo. La tradición cristiana, los budistas y muchas otras religiones también tienen sus drogas para aislarse. Eso es precisamente lo que provoca la oración, la meditación y hasta encuentros extraordinarios de esos seres con sus dioses. O dígame usted si Santo Tomás no estaba enajenado, drogado o poseído cuando dijo haber tenido una «visión beatífica» de Dios y dejó de escribir la «summa theologica».
También la religión tiene sus propios modos y técnicas para despegar y vivir otra realidad. Claro, dirá usted, en todo caso se trata de una forma sana, permitida y socialmente bien vista. Está bien, respondo, pero a los dos los mueve el mismo deseo, alejarse de este mundo cruel, trascenderlo, escaparse y huir para tener momentos de más paz y sosiego. Los dos son drogadictos aunque el contenido de la droga sea diferente.
El punto es, como decía arriba, que el mundo no nos satisface y nos fastidia, por eso anhelamos otras experiencias. Hay drogas mucho más «light» y casi imperceptibles por la mayoría como por ejemplo el de aquél que trabaja como bestia y huye de su hogar para no ver ni a su esposa ni a sus hijos. El trabajo es una droga perfecta para no pensar ni reflexionar en temas que nos complicarían la vida: su sentido, la muerte, el dolor, la felicidad, la responsabilidad, el amor, etc. Huir es el imperativo del trabajólico, se refugia en la cotidianidad, en los horarios, en la eficiencia y así… vive «contento» al no tener que pensar. Porque todos sabemos que eso de pensar es problemático, ¿no?
Lo paradójico de todo es que aun y cuando la vida se experimente de manera agónica, pocos estarían dispuestos a morir. Es más, casi nadie quiere morir. Por eso tanto esfuerzo de los científicos por prolongar la vida, alargar la juventud y volvernos casi eternos. Dígame usted, ¿Si la vida es aburrida y pesada, complicada, para qué queremos vivir más? ¿Cree usted que valga la pena vivir 200 o 300 años? ¿La muerte no será más bien el remedio perfecto para la enfermedad con la que nacemos?
La muerte más bien debería celebrarse cuando llegado el momento, por enfermedad que permita mucho sufrimiento y la vejez (por ejemplo), toca a la puerta. Eso es darle gracias a Dios porque, como dicen los cristianos, quienes padecen sufrimientos «pasan a mejor vida». Llega un momento en que ya ni las drogas hacen efecto al cansancio de vivir, es ahí cuando tiene sentido recibir con alegría (la última que nos queda) a la «hermana muerte». Entonces, ahora sí, el aburrimiento llega a su fin y las drogas pierden todo sentido.