Hay algunos rasgos de la cultura guatemalteca que, como solía decir a cada momento un amigo, «atrapan poderosamente mi atención». Una de esas cosas es el temor constante a hablar libremente y la otra es considerar cada acto de la vida cotidiana como una conspiración. Vayamos por partes.
El miedo de hablar en público y sentirse con libertad para expresar las propias ideas está en vías de extinción, pero que es «clásico» en los «jóvenes» con más de cuarenta años de edad. Aquí no me refiero al miedo de hablar de temas como la sexualidad, la infidelidad, las preferencias sexuales o las drogas que, a decir verdad, son tópicos que nunca faltan en las mesas con agua espirituosa. Me refiero específicamente al «temor y temblor» que origina hablar sobre temas políticos o militares. Una cosa así se evidencia en la incomodidad inmediata que sienten algunos, en las miradas temerosas y desconfiadas a las otras mesas y en los comentarios inmediatos: «muchá, tengamos cuidado, no vaya a ser que aquí haya orejas».
Ese miedo a ser descubierto por la «seguridad del Estado», el horror a ser desaparecido o el fantasma del secuestro priva en las mesas de cualquier tipo de encuentro chapín. «Eso es por la huella de los años del conflicto armado», me dicen los amigos. «Aquí el Ejército, continúan, se encargó de destruir la espontaneidad, por eso es que nos ves nerviosos cuando hablamos de esos temas».
Yo pienso que es un trauma que, gracias a Dios o al Diablo, en las nuevas generaciones no está presente. Primero, quizá, porque a los muchachos les importa un pepino la política, el Ejército, la guerrilla o cualquier institución que diga representarlos. Y, segundo, porque no vivieron esos días aciagos que dicen aquellos jóvenes, un poco viejos, que los vivieron.
La otra característica que he visto presente en algunos guatemaltecos es la pasión por la conspiración y el misterio. Aquí todo tiene tinte a novela negra. Por eso no es raro que cualquier bola expresada (sea en Internet, la Prensa o incluso en el mercado) tenga un éxito sin precedente e inmediatamente sea asimilada por las multitudes. Así no cuesta mucho que algunos crean (firmemente y a ciegas) que Juan Pablo I murió envenenado, Juan XXIII tiene unas profecías horrorosas que anuncian el fin del mundo, que Pedro Infante continúa vivo, el Sida fue inventado por los gringos y que el cáncer ya tiene cura -sólo que las farmacéuticas tienen el secreto y no han decidido revelarlo-.
No sé si es una visión simplista, una pasión por lo mítico y oscuro o sencillamente una manera fácil para encontrarle solución a los problemas del mundo. Aquí la credibilidad está a flor de piel y no sería raro que esto explique el éxito de las iglesias y los milagreros que curan enfermedades y resucitan muertos. El caso es que la gente nunca se resigna a las razones de los expertos ni a las evidencias que pueden estar al alcance de la mano. No, siempre habrá una razón misteriosa por la que, por ejemplo, alguien se pega un tiro y se suicida.