El misterioso mundo chapí­n


Hay algunos rasgos de la cultura guatemalteca que, como solí­a decir a cada momento un amigo, «atrapan poderosamente mi atención». Una de esas cosas es el temor constante a hablar libremente y la otra es considerar cada acto de la vida cotidiana como una conspiración. Vayamos por partes.

Eduardo Blandón

El miedo de hablar en público y sentirse con libertad para expresar las propias ideas está en ví­as de extinción, pero que es «clásico» en los «jóvenes» con más de cuarenta años de edad. Aquí­ no me refiero al miedo de hablar de temas como la sexualidad, la infidelidad, las preferencias sexuales o las drogas que, a decir verdad, son tópicos que nunca faltan en las mesas con agua espirituosa. Me refiero especí­ficamente al «temor y temblor» que origina hablar sobre temas polí­ticos o militares. Una cosa así­ se evidencia en la incomodidad inmediata que sienten algunos, en las miradas temerosas y desconfiadas a las otras mesas y en los comentarios inmediatos: «muchá, tengamos cuidado, no vaya a ser que aquí­ haya orejas».

Ese miedo a ser descubierto por la «seguridad del Estado», el horror a ser desaparecido o el fantasma del secuestro priva en las mesas de cualquier tipo de encuentro chapí­n. «Eso es por la huella de los años del conflicto armado», me dicen los amigos. «Aquí­ el Ejército, continúan, se encargó de destruir la espontaneidad, por eso es que nos ves nerviosos cuando hablamos de esos temas».

Yo pienso que es un trauma que, gracias a Dios o al Diablo, en las nuevas generaciones no está presente. Primero, quizá, porque a los muchachos les importa un pepino la polí­tica, el Ejército, la guerrilla o cualquier institución que diga representarlos. Y, segundo, porque no vivieron esos dí­as aciagos que dicen aquellos jóvenes, un poco viejos, que los vivieron.

La otra caracterí­stica que he visto presente en algunos guatemaltecos es la pasión por la conspiración y el misterio. Aquí­ todo tiene tinte a novela negra. Por eso no es raro que cualquier bola expresada (sea en Internet, la Prensa o incluso en el mercado) tenga un éxito sin precedente e inmediatamente sea asimilada por las multitudes. Así­ no cuesta mucho que algunos crean (firmemente y a ciegas) que Juan Pablo I murió envenenado, Juan XXIII tiene unas profecí­as horrorosas que anuncian el fin del mundo, que Pedro Infante continúa vivo, el Sida fue inventado por los gringos y que el cáncer ya tiene cura -sólo que las farmacéuticas tienen el secreto y no han decidido revelarlo-.

No sé si es una visión simplista, una pasión por lo mí­tico y oscuro o sencillamente una manera fácil para encontrarle solución a los problemas del mundo. Aquí­ la credibilidad está a flor de piel y no serí­a raro que esto explique el éxito de las iglesias y los milagreros que curan enfermedades y resucitan muertos. El caso es que la gente nunca se resigna a las razones de los expertos ni a las evidencias que pueden estar al alcance de la mano. No, siempre habrá una razón misteriosa por la que, por ejemplo, alguien se pega un tiro y se suicida.