Las prácticas de las relaciones entre naciones se remontan a la antigua Grecia, que es el período de la historia de Grecia que abarca desde la Edad Oscura. 1200 a. C. y la invasión dórica, hasta el año 146 a. C. y la conquista romana de Grecia tras la batalla de Corinto, en sus denominados estados-ciudades, mediante los enviados o embajadores hasta los diplomáticos de nuestra era.
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Según Nicholson (1939), en la sociedad primitiva a los extranjeros se les consideraba hostiles, peligrosos e impuros, por tanto, a los enviados se les castigaba e incluso se les mataba; ese tabú en su contra era muy amplio y poderoso ya que antiguamente el dios Hermes simbolizaba las características del encanto, la zalamería, la marrullería y la trampa; era también considerado el patrono amante, pero carente de escrúpulos de los comerciantes, viajeros y ladrones.
Así surgió por costumbre la figura del heraldo; mezclando lo real con lo mitológico estos fueron investidos con privilegios diplomáticos y autoridad semirreligiosa, y colocados bajo la protección del dios Hermes. El arte de la negociación creció y la profesión “diplomática” del siglo V a.C. estaba acreditada para negociar y administrar la real casa y dirigir los ritos religiosos.
Se cree que el mayor aporte romano fue la negociación, sin embargo, este debe hallarse en el derecho internacional. Los contratos implicaban por doctrina una fe firme, en la santidad de los tratados y en la fama de la conciencia romana alcanzada por Régulo, quien sacrificó su vida antes de quebrantar su promesa a los cartagineses.
Ser abogado, retórico y diplomático de profesión era una de las profesiones más ventajosas en la Roma Imperial porque proporcionaban una alta posición social y grandes ingresos. Por lo tanto, los jóvenes romanos tenían gran interés por esos estudios. Los estudiantes de dichos centros de estudios aprendían a pronunciar discursos sobre los temas de carácter diplomático.
Allá por el siglo V el imperio bizantino se ingenió tres métodos en el arte de la negociación; el debilitamiento mediante la confrontación entre los bárbaros, la compra de la amistad de los pueblos fronterizos y la conversión de los paganos a la fe cristiana. Así estos enviados no solo representaban los intereses de su imperio, sino también suministraban información acerca de la situación interna de los estados extranjeros y sus relaciones.
Pero la diplomacia moderna y el estadista diplomático nacieron en Italia hasta el siglo XIII, obsesionados en una constante pugna por el poder y preocupados por concretar todas las acciones que lo pudieran hacer predominante. Dante, Tetrarca, Bocaccio, Maquiavelo y Guicciardini fueron algunos embajadores de Florencia, en Italia.
Durante el siglo XV, los italianos nombraron a los primeros embajadores permanentes y del heraldo dieron origen a la palabra diplomacia, derivada de los tiempos de su imperio, donde los pases para circular en las carreteras se estampaban en placas de metal, llamadas “diplomas”. Después esta palabra se amplió para nombrar a los archivos que contenían arreglos comunitarios, y los funcionarios para administrar los asuntos diplomáticos fueron nombrados archiveros.
Sin embargo, el término diplomacia utilizado hoy para el manejo de las relaciones internacionales es relativamente reciente. El servicio diplomático se reconoció como una profesión hasta el Congreso de Viena de 1815, así como las normas del Congreso de Aquisgrán. Allí se establecieron los servicios diplomáticos y la representación de las potencias sobre una base de común acuerdo.
Con todo, hoy los intereses de los estados no han evolucionado significativamente para el bien común, en la medida como se avanza y se transforman las relaciones internacionales.
Después de muchísimos siglos, más parece ser que la figura del dios Hermes continúa dinamizando la más astuta de las influencias en la política exterior de los países poderosos, en sus decisiones y en los tratados de algunos países del mundo, mezclando lo actual con lo mitológico y obstinándose en la constante pugna no solamente por obtener, sino por permanecer perpetuamente en el poder, sin importar las libertades ni los derechos individuales de los seres humanos en el mundo actual.