El mandato popular


La creencia generalizada de nuestros polí­ticos es que al recibir los votos reciben un cheque en blanco que les permite hacer lo que les da la gana durante el perí­odo para el que resultan electos. No existe la menor noción de lo que significa el mandato popular como expresión concreta de la norma que establece que la soberaní­a radica en el pueblo quien la delega, para su ejercicio, en los organismos del Estado. Algunos creen que cuando se le dice mandatario al gobernante es porque manda, sin entender el sentido jurí­dico del término que es el de quien debe ejecutar un mandato.


En ese sentido, la democracia implica que exista un mandante, que es el pueblo, mandatarios, que son los funcionarios en los que el pueblo delega la soberaní­a, y un mandato que se deriva del voto. ¿Por qué votaron los electores mayoritariamente en las últimas elecciones? Eso nos permitirá determinar el mandato.

Las dos principales fuerzas polí­ticas del paí­s fueron los Patriotas y la UNE. Los primeros empezaron su campaña ofreciendo mano dura contra la violencia y señalando el problema de inseguridad. Los segundos, al ver que se acercaba peligrosamente el contendiente, diseñaron la estrategia de ofrecer que combatirí­an la violencia con inteligencia y eso les permitió consolidar su posición triunfadora, pero pocas veces como en la pasada elección quedó tan claro un mandato. La gente votó mayoritariamente por el tema de la inseguridad que está í­ntimamente relacionado con la administración de justicia y la impunidad.

Sentada esa premisa, es importante ver que en la elección de magistrados los miembros del Congreso repudiaron el mandato que recibieron en las urnas porque sus componendas destrozaron el anhelo popular de un mejor sistema de justicia sin intromisiones polí­ticas. El papel jugado por la hermana de la esposa del presidente y sus achichincles en el Congreso resulta obvio y por lo tanto hubo un claro incumplimiento del mandato popular porque se privilegió la componenda a los intereses nacionales.

Nunca hemos dicho que no deban existir acuerdos entre diputados, pero sí­ que los mismos sean como para la Transversal del Norte y negocios parecidos, una sucia componenda. Eso fue lo que tuvimos ahora con el agregado de que se mostró arrogancia al despreciar el mandato popular bajo la tesis de que están frente a un pueblo con sangre de horchata que aguanta con todo, teorí­a que desafortunadamente tiene sustento en la historia que refleja la indiferencia de la población ante los desmanes de los gobernantes.

¿Habrán rebasado el lí­mite de la tolerancia de los guatemaltecos? El tiempo nos dirá si la apuesta de los diputados los hace ganadores o al final terminan siendo los grandes perdedores.