No lo digo yo sino el mismísimo Obama. En su polémico discurso de aceptación del premio Nobel, hace poco más de un mes, el Presidente de Estados Unidos lo dejó claro: «Que no quede la menor duda: la maldad sí existe en el mundo». La sentencia es irrefutable, pero necesaria ante el avance de un relativismo moral para el que todo «depende» y donde no hay buenos ni malos sino «circunstancias» que nos llevan a cometer tales o cuales actos. Sin embargo, hay hechos que no aceptan discusión: los vampiros que están secuestrando a los niños que vagan solos por Puerto Príncipe para venderlos a las redes de adopciones ilegales o mafias aún más siniestras son escoria y viviríamos mejor sin ellos; quienes se lucran vendiendo droga en los patios de los colegios de medio mundo, permiten su paso, la cultivan a gran escala, blanquean su dinero o «simplemente» aceptan donaciones del «narco» para campañas políticas infames y miran para otro lado cuando alcanzan el poder son seres abominables y merecen cada gramo de nuestro desprecio; quienes venden armas de todo tipo a guerrillas, ejércitos irregulares nutridos por miles de niños soldado, bandas terroristas, mafias, pandillas o cualquier descerebrado sin pedir una licencia ni preguntar por el uso de las mismas son alimañas a las que debemos expulsar de casa por muchos yates de lujo que puedan atracar en nuestros puertos y por muchas villas, haciendas o deportivos que puedan comprarse a costa de la sangre ajena.
hmontero@larazon.es – Periodista y analista político
En España se ha reactivado el debate sobre la necesidad de instaurar la cadena perpetua revisable a cuenta de «El Rafita», un joven asesino cuya carrera criminal no se detiene. En mayo de 2003, Sandra Palo, una joven de 22 años con minusvalía psíquica fue violada, atropellada y quemada viva en Madrid por tres menores y un joven de 18 años. «El Rafita» tenía 14 años cuando cometió tan salvaje crimen. Tras pasar cuatro años en un centro de menores, salió a la calle en régimen de libertad vigilada. Desde entonces, ha sido arrestado en cuatro ocasiones, la última hace una semana por intentar robar un automóvil junto a su hermano, que con 24 años ha sido detenido en 23 ocasiones, casi una por año. Es sólo cuestión de tiempo que «El Rafita» vuelve a asesinar a alguien. Cada vez que acude ante el juez se mofa de nuestra Justicia y no muestra el más mínimo signo de arrepentimiento. Como este depredador hay millones en todo el mundo. Algunos no tuvieron opción; «El Rafita», sí. Su historia es la de un fracaso con final dramático.
Lo curioso es que cada vez son más jóvenes los muchachos atraídos por el lado oscuro. La glorificación del pillo no es nueva, lo nuevo es la brutal banalización de la violencia y del dolor ajeno que devora por televisión, con una mueca de satisfacción, una generación cuyo mayor objetivo alcanzar la fama más estúpida en cualquier «reality» para vivir del cuento y ganar dinero sin el mínimo esfuerzo. Los «Ni-ni» (los chavales que ni estudian ni trabajan) son ya tan abundantes que hasta una cadena de televisión les ha dedicado una serie. Afortunadamente, no son todos y tampoco vivimos hoy en un mundo más salvaje que ayer (nadie acude a un circo a ver cómo las bestias devoran seres humanos), pero nuestras leyes comienzan a quedarse cortas para frenar a los criminales compulsivos.
En 1612, la condesa Bathory fue emparedada. La «Mujer Vampiro» estaba obsesionada con mantener su belleza a base de baños de sangre de sus doncellas. La mayor criminal de Transilvania, muy por delante del conde Drácula, asesinó a unas 700 jóvenes torturándolas con cuchillas. Merecía la suerte que corrió. Hoy hubiera cumplido 20 años de cárcel con tres comidas diarias a costa del contribuyente. Habría escrito un libro y sus derechos hubieran sido adquiridos por Hollywood.
Igual que hay guerras justas (tampoco es ocurrencia mía sino de Obama) hay decisiones que, por desagradables que sean, hay que tomar. El mal no debe prevalecer, hay que extirparlo. Y eso va también por todos los Madoff que abundan por el mundo. Aunque me llamen «Harry el Sucio».