En las páginas números 123, 197 y 259 del hermoso libro ilustrativo y de consulta «El Gukumatz en persona», publicado en 2007 por editorial Serviprensa, observo una pequeña reproducción a color de la pintura titulada «El Lobo» del maestro de arte Luis Díaz, cuya medida original es de 67×80 centímetros. Este polifacético lobo me cautivó desde que lo conocí en una ilustración de prensa. Recorté la figura, le puse un soporte de cartulina y la protegí dentro de un marquito de «plexiglass» para llevarla conmigo siempre: fue amor a primera vista. Hoy que la veo de nuevo, en este volumen que cordialmente he recibido de manos de su propio autor, recuerdo esta anécdota con gran emoción porque es muy grato para mí expresar en este artículo «mis motivos del lobo» y todo lo que me ha hecho sentir esta obra de Luis Díaz, desde aquellos tiempos en que la descubrí. El aspecto inicial es como si fuese hecho de varias maderas: palo blanco, ébano, cedro, caoba, palo de rosa o chicozapote, dándole forma como de un mueble armado con trocitos de estas maderas preciosas, que semejan en la pintura, soporte, dureza y resistencia. Este inamovible lobo es matemática pura; pareciera estar inspirado en los famosos postulados de los grandes científicos y filósofos como Euclides, Pitágoras o Platón. Calculado con perspicacia por el artista, podemos notar que en cada uno de los trazos se encuentran de manera implícita estos postulados, enunciados y teoremas, por la forma de su pelaje, lengua, dientes y orejas triangulares, con pirámides, ojivas y curvas. También evoca una herramienta «visegrip» en su prominente hocico, modelo natural de estos eficientes alicates basados en ángulos, palancas, pivotes y giros. Por instantes lo imagino, además, como si fuese hecho de papel, pareciera una piñata o un modelo de origami, realizado por un experto japonés. Luego, el lobo sibarita, trae consigo un sobretodo queriendo dar la imagen de un elegante ser humano de gran personalidad, que me recuerda de algún modo al caballero de terciopelo, el compositor francés Erik Satie, o el título de la cinta cinematográfica «Un hombre lobo americano en París», que presenta la metamorfosis de lobo a persona y de persona nuevamente a lobo. Podría ser un lobo poeta al estilo de Lord Byron o un lobo filósofo, y pensar en Jean-Paul Sartre o en Anaximandro, que sabía que el infinito es el principio de la realidad. Imagino que este lobo de Luis Díaz es un lobo solitario y enigmático que de repente no es lobo sino loba, y pienso entonces en Mary Shelley, autora británica de novelas de ciencia-ficción, o en la defensora del feminismo Simone de Beauvoir. El lobo por su ferocidad y al mismo tiempo gallardía, es uno de los animales que más ha causado sentimientos encontrados en los seres humanos. Es inteligente, sociable, y lo rige un comportamiento jerárquico. Pero por su naturaleza feroz ha infundido temor, pánico y angustia en diferentes pueblos, por lo que ha sido perseguido con obstinación al punto de que este hermoso carnívoro ha desaparecido en algunas regiones del mundo. Sin embargo, en la actualidad es una especie protegida en la península ibérica. A esta inusitada obra de Luis Díaz le he escrito la siguiente composición poética que dice así: «Dominios de lobo/ en tintado cielo oscuro/ densa luna de azogue./ Asoma el ojo oblicuo/ desolada tundra inmaculada./ Indómita fiera/ insolente y audaz/ soberbia y elegante/ jamás en alianza de pastores./ Aullido clamor expedito/ en el excavador/ desierto de los días./ Lobo nous/ ontológico-epistémico/ huidiza obstinación/ del despótico humano./ Bosque y montaña/ atajos sucedidos/ en selva musgocéntrica/ de jadeantes fugitivas huellas/ de un futuro mesolítico.»