El liderazgo de Barack Obama


Varias veces he comentado que a mi criterio el efectivo liderazgo de un estadista se tiene que manifestar en su capacidad de convocatoria para acercar a la mayor cantidad de sectores en la articulación de grandes consensos nacionales y pienso que esa puede ser la mejor virtud de quien hoy se ha convertido en el 44 Presidente en la historia de los Estados Unidos. Ahora le toca pasar del discurso, que siempre fue motivador y alentador, a los hechos para recibir un paí­s hecho añicos por una de las administraciones más desastrosas que ha sufrido esa nación.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

En medio de las guerras en Irak y Afganistán, un amplio rechazo del mundo árabe al hegemonismo norteamericano, la llamada guerra contra el terrorismo y el evidente recelo de la comunidad internacional a las polí­ticas de ataques preventivos que llegó a constituirse en una doctrina definida por Bush, Obama tiene que rescatar el prestigio universal de su paí­s para colocarlo nuevamente en una posición de liderazgo respetado.

Pero todo ello tiene que realizarlo en medio de una crisis económica cuyo único precedente es la Gran Depresión de 1929 y que ha causado una recesión de enormes consecuencias que afecta no sólo a los norteamericanos, sino que al mundo entero porque literalmente se llevaron entre las patas al resto del mundo. Años de ceguera para eliminar controles y regulaciones dieron como resultado la más grande manifestación de la codicia humana expresada en los escándalos financieros derivados de actos especulativos sin precedente en la Historia.

Reconstruir un paí­s con esas condiciones objetivas no es tarea fácil y, por supuesto, no es tarea de un hombre, ni siquiera de un equipo por excelentes que sean sus credenciales. Devolverle a los norteamericanos ese sueño de un estilo de vida digno y respetado demanda la participación de los mismos ciudadanos y por ello es que el papel de Obama tiene que ser absolutamente inspirador para que su pueblo se una en el esfuerzo por sanar las heridas dejadas por la mala administración saliente.

No creo que ni Hillary Clinton ni McCain, quienes fueron los que más cerca estuvieron de alcanzar la Presidencia, tengan esas cualidades que se ven en Obama como hombre capaz de armar un gran consenso en su paí­s que termine con la polí­tica de divisiones creada en estos últimos ocho años cuando se dividió al mundo entre unos pocos buenos, los que pensaban como Bush, y un montón de seres diabólicos simplemente por el pecado de no compartir el criterio ni las ideas de los neoconservadores encarnados en el Presidente que hoy dejó el cargo y en su Vicepresidente.

Su tarea no será para nada fácil y las dificultades están a la orden del dí­a. Pero pienso que para los jóvenes de hoy, la investidura de Obama es como la que atestiguamos algunos en 1961 cuando tomó posesión John Kennedy, figura igualmente carismática e inspiradora, que generó esperanzas e ilusiones a toda una generación. Temo, eso sí­, que como Kennedy, Obama pueda enfrentar riesgos para su propia vida porque a los fanáticos polí­ticos se sumarán los creyentes de la supremací­a de la raza blanca que hoy se sintieron ofendidos por este cambio histórico.

En todo caso, hoy es un dí­a histórico y de esperanza porque llega un polí­tico facilitador de acuerdos que no cree en esas posturas agresivas que dividen a la sociedad y al mundo entero. Por el bien de la humanidad, ojalá Dios ilumine y acompañe a Obama.