El líder y la rosa


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No es casual para nada que recientemente en el Palacio Nacional de la Cultura, afectuosamente llamado Guacamolón, el turno de cambiar la Rosa de la Paz le haya tocado a un reconocido orador, pastor cristiano y motivador de lo que yo llamo el credo del liderazgo a nivel global. El acto del cambio de la Rosa de la Paz, instituido desde el Gobierno de Álvaro Arzú, era en sus inicios un gesto de mucho prestigio y embestido de una emotividad  especial que recordaba la trascendencia y el largo camino de muerte que este país tuvo que recorrer para llegar a los hoy devaluados Acuerdos de Paz.

Julio Donis


No trato de sugerir que hoy día cualquiera cambia la florecita y que ya nadie recuerda por qué se cambia. Todo lo contrario, mi afán es razonar el hecho y disponerlo en un plano de advertencia que indicaría el valor y la trascendencia de Estado,  al conferirle a uno de los exponentes mejor desarrollados de lo que Eva Illouz, socióloga marroquí, llama el capitalismo emocional. No es aislado tampoco que con cierta regularidad aparezcan en los mupis de la ciudad y en páginas completas de medios escritos  publicidad exorbitante que anuncia a sendos oradores con nombres extranjeros que anuncian la nueva religión del liderazgo, como la salvación para todos sus problemas, ¡ah! pero especialmente para alcanzar el tan ansiado tesoro de estos tiempos, ¡el éxito! Estos visitantes son los nuevos profetas que vienen a revelarnos las fórmulas más profundas, pero a la vez sencillas de volverse triunfante en la vida, traen las recetas para salir del subdesarrollo y alcanzar la nueva salvación terrenal. Pero no se engañe usted, el reino del éxito no está destinado para todos, tiene un precio y para obtenerlo hay que hacer una pequeña inversión. Son de la misma iglesia de liderazgo, fenómenos con El Secreto, producto que inundó el mundo hace poco tiempo. Estos líderes del futuro en el presente son las versiones 2.0 de los versátiles pastores de las mega iglesias neo; funden pues en su discurso, valores religiosos con económicos y emocionales para difundir las cápsulas de exitosina. Y ahí está la clave del asunto, una fina amalgama entre el discurso económico y el emocional. En la tesis de Illouz, capitalismo y modernidad previeron hace mucho tiempo que para potenciar la acción material y enajenante, o debo decir la pulsión consumista, había que alborotar las emociones, especialmente en la dimensión del yo y de la relación que éste estableciera con sus otros referentes, lo que a su vez tuvo efectos colaterales convenientes en la estratificación de las relaciones de género. De tal cuenta pues que había que aprovechar la jerarquización ya establecida de determinados patrones, como por ejemplo que la persona más confiable siempre es la más fría y calculadora, patrones de emotividad generalmente asociados a la figura masculina. Es la explotación de la máxima rentabilidad de emociones como la angustia, el amor, la competitividad, la indiferencia  o la culpa, pero no de ellas en el vacío, sino del funcionamiento de éstas en su significado cultural y en el relacionamiento social de los consumidores. El efecto es devastador pues la actitud en este caso “de éxito” es el elemento fundamental para el comportamiento económico. Mientras las emociones son moldeadas, un gran líder cambia la rosa de la paz y refuncionaliza la historia reciente de un Estado genocida que ahora promueve cursos de nuevo liderazgo, seguramente ahora es una flor de plástico.