El lí­der y el caudillo


Guillermo Wilhelm

Definitivamente idealistas han sido los hombres que han grabado su nombre en la historia con letras doradas, son aquellos con espí­ritu afanoso de perfección y rebeldes a la mediocridad y a la baja moral. Los lí­deres, aquellos que han marcado el cambio en la tradición, llevan dentro de sí­ el resorte misterioso de un ideal, el ideal no es otra cosa que esa estructura cognoscitiva y moral producto del pensamiento profundo y reflexivo, que se ha formado como derivado de la experiencia apuntando a un nuevo equilibrio entre el pasado y el porvenir. El caudillo representa algo totalmente diferente, ve al poder como un fin, mientras el lí­der lo identifica como la herramienta para ejecutar sus ilusiones, que no llevan fines personales sino las de un proyecto que busca beneficiar a un conglomerado. Difí­cil resulta no distinguir al que tiene ideales del que mantiene apetitos.

Una de las principales causas del subdesarrollo en Latinoamérica es el caudillismo, pero este fenómeno social también tiene que ver con la falta de democracia real en todos los cí­rculos de poder (instituciones públicas, partidos polí­ticos, etc.). El caudillismo se impone cuando en los partidos polí­ticos no existe ideologí­a ni democracia plena, más que de éstas, se habla solamente del poder, por lo que estos resultan sustituidos por el marketing y las componendas polí­ticas, estos dos últimos factores podrí­an resultar rentables electoralmente, pero a causa de sacrificar los valores, por eso es que los beneficios se limitan a un corto plazo.

El lí­der jamás cambia sus ideales por el poder, por eso es que otro de los factores que templa su carácter es cuando ejercita su habilidad para no dejar someterse por el poder económico y logra neutralizarlo e inducirlo de manera transparente para fortalecer el polí­tico, ya que de lo contrario corre el riesgo de tener que compartir el poder con los intereses de los grupos de presión, cambiando de esa manera el sentido del interés general. «Hay que tener cuidado con esas manos que hoy dan prebenda, pues mañana estas mismas tratarán de manejar la rienda». El lí­der se transforma en caudillo en la medida que negocia candidaturas sin tomar en cuenta de manera democrática a su estructura partidaria, esto lo debilita a él y a su partido, sobretodo cuando estas negociaciones se dan con personas de dudosa reputación, este tipo de actitudes no sólo erosiona a los partidos sino también a la democracia, ya que ésta se fortalece con la existencia de partidos polí­ticos moralmente vigorosos.

A mi juicio, enfrentar una elección como competencia es un error garrafal, en cambio, asumir el proceso electoral con el propósito de promover una causa, no sólo es un acierto sino que significa la vigencia polí­tica del candidato y la de su partido. El lí­der es también aquél candidato que entiende la contienda como un escenario, como un espacio para validar (o revalidar) su proyecto, la causa o los ideales que representa. Para el caudillo, el proceso electoral y su partido solo representan el acceso al poder, esa es la razón por la que han desprestigiado a la democracia, defenestrado a sus partidos y decepcionado a sus seguidores.