El largo proceso para llegar a esa sufrida parte


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Los ojos sobre las cifras parecí­an desorbitarse cuando en su momento fueron reveladas: la contienda electoral más cara de la historia polí­tica de los últimos 25 años. ¡¿Cuánto se gastó en el tiempo de la campaña?! De toda esa plata ahora ya casi nadie se acuerda o así­ aparenta; momentáneamente de eso no se habla. ¡Cuántos fines de semana se dejaron de lado las actividades cotidianas para hacer la “campaña”! ¡Cuántas frases, cuántos mí­tines, cuántas promesas, cuántas expectativas, cuántos anhelos, cuántos esfuerzos por convencer, persuadir! Todo ello ya terminó. La noria electoral ha girado una vez más. Y estamos de vuelta, para creer, para renovar las ilusiones y anhelar por un mejor futuro.

Walter Guillermo del Cid Ramí­rez
wdelcid@yahoo.com

 


Comentaba la semana pasada que nuestro sistema polí­tico está caduco, inoperante, que es en una sola palabra decadente. Tiene muchas aristas para ilustrar mis aseveraciones. La imagen del oponente se construye sobre la base de los desaciertos del gobernante de turno. Si esta imagen es acompañada con una habilidad retórica más o menos acuciosa, la ruta para llegar al “Guacamolón”, como se le solí­a decir al Palacio Nacional, está casi hecho, que a este “oponente”, le “tocará” el turno de relevar. Y así­ nuestros denominados partidos polí­ticos crean y recrean la imagen ficticia de un proceso electoral que se fundamenta en la parafernalia que se logra comprar a veces, muchas veces con dudosos capitales, con oscuras fuentes de financiamiento. Y como los padrinos son maliciosamente generosos, tenemos que las cifras se incrementan. Si a esta concentración le podemos dar a los asistentes premios: celulares, relojes, electrodomésticos y más, “ganamos más adeptos”. El circo se complementa con el espectáculo de llamativas artistas de la coreografí­a y a veces hasta del canto. “Metan plata, muchá, la gente tiene que votar por nosotros.” Y eso es uno de los rostros, el más visible del proceso electoral. Luego vienen las facturas. Después el pago de estas. Y los que votaron a favor. “Que aguanten”. Así­ es el resumen del perverso “sistema polí­tico que nos acompaña”.

En uno de los tantos programas de radio en los que se entran a conocer algunos aspectos de la contienda electoral, una vez conocidos los resultados preliminares, una persona mayor dijo más o menos una frase como la que ahora transcribo refiriéndose al 14 de enero: “Ojalá que con la misma sonrisa de satisfacción con la que llegan, con esa misma y su respectivo reconocimiento se retiraran del poder”. Y de pronto vino a mi mente, viejo que soy ya, la sonrisa de Vinicio Cerezo; la de Jorge Serrano, la de ílvaro Arzú, la de Alfonso Portillo, la de í“scar Berger, la de ílvaro Colom y ahora la de Otto Pérez. El final de aquellas gestiones fue caracterizado por el sentimiento de venganza por parte de los seguidores de sus sucesores. Tan largo y tortuoso ese proceso para llegar a esa sufrida parte.

Pero lo descrito es el rostro público que encierra lo que hacen por detrás los cí­rculos ocultos de los que acosan y obstruyen el ejercicio del poder polí­tico en nuestro paí­s. Y en otro orden los procedimientos para estimular el flujo de recursos para iniciar el cumplimiento de las promesas son un camino lleno de obstáculos que no son fácilmente manejables, de ahí­ que el polí­tico -bueno, regular o malo-, al final, queda en manos del tecnócrata que hace el manejo presupuestario del erario. Y aun así­ se pudren las manzanas del canasto. La corrupción no es un invento de la era democrática. La corrupción subsiste a la par de nuestra condición humana, quiérase o no, ahí­ está y ahí­ estará siempre. Que muchas veces es auto reprimido el impulso corruptible por nuestros principios y valores es lo ideal. Pero en el ámbito de lo público es más la excepción que la regla. A ese muro se enfrentan las expectativas y las promesas encerradas en sonoras frases que se pronuncian en el discurso presidencial de toma de posesión. En ese momento cúspide en la carrera del polí­tico de alcance nacional. Ese instante en el que se resume todo el largo proceso para llegar a él. Por el bien de nuestro paí­s, por el bien de nuestras actuales y futuras generaciones, que el epí­logo de la historia que recién comienza no tenga un similar desenlace al de sus 6 antecesores.