Hay dos Estados Unidos. Uno es ejemplo de tenacidad, audacia y logros. El otro impuso el «modo americano de vida» y es la policía del mundo. Un lector que vive en esa nación, Rolando Rodríguez, comentó al respecto: «La existencia de los dos Estados Unidos la comprobamos los que llegamos acá. En nuestro medio, la propaganda, la desinformación nos nublan los ojos y nos hacen creer que esto es el paraíso terrenal. Nada más lejos de ello. El «sueño americano» se convierte en la gran mentira».
Mario Diament recordó, este 21 de junio, en La Nación de Buenos Aires, que la expresión «sueño americano» se atribuye al escritor James Truslow Adams, quien la incluyó en su libro «La épica de América» (1931). De la posibilidad de vivir en libertad y prosperidad, gracias al trabajo duro y con independencia del origen y las creencias, el concepto se estrechó hasta referirse a contar con trabajo estable, vivienda y automóvil propio. El enfoque generalizado, del cual no se sustrae Diament, es que del «sueño» se ha transitado hacia la «pesadilla», debido al aumento de los precios del petróleo, el desbarajuste hipotecario, el desempleo y la crisis alimentaria.
Para quienes emigraron en busca de ese «sueño», lo que encontraron es un «espejismo», pues les ha tocado conocer la cara oculta de la América profunda, con sus grandes miserias morales y sus inmensas decepciones como imperio. No podemos dejar de lado que Estados Unidos ha dejado de creer en su propia hegemonía, de que vacila sobre su «destino manifiesto» de dominar al resto del mundo. Más que desencanto, ha faltado una autocrítica, como la que plasmó John Dos Passos, «el poeta frustrado del sueño americano», en su trilogía «U. S. A.», con su descripción ríspida de la sociedad norteamericana, la cual requiere «explotar a los hombres para su mantenimiento», pues el capitalismo «necesita alimento para sus cañones y su economía.» En estos momentos de «crisis», no puede dejar de voltearse a la mirada a los maestros de la palabra, como Dos Passos, un escritor comprometido, quien se arriesgó dentro de su propio país.
Si Estados Unidos perdió la inocencia el 11 de septiembre de 2001, Rolando Rodríguez es un testigo privilegiado de que en estos días lo que se extravió fue el mito de esa inocencia. Hoy, el imperio está pagando con su propia alma el precio de su éxito aparente.