Antes de centrarme en el tema de mi artículo, quiero decir, por enésima vez, que estoy plenamente identificado con el régimen de seguridad social. Quiero, sinceramente, al IGSS, y dentro de las posibilidades defiendo todo lo que es defendible.
Paso inmediatamente a comentar lo que ocurre con las modestas pensiones concedidas a las personas jubiladas y pensionadas a través del programa de Invalidez, Vejez y Sobrevivencia (IVS).
Es oportuno hacer notar que el mencionado programa (el IVS) adolece ya, puede decirse, de algunos aspectos de antigualla que afectan a numerosos afiliados, mayormente a los que tienen pensiones desacordes con la grave situación económica que se está viviendo en la actualidad aquí y en el resto del mundo.
Por más que griten, lloriqueen y pataleen en las calles capitalinas cientos o miles de pensionados conforme al programa IVS en demanda de una justa pensión, sobre todo los que tienen asignadas las que no llegan ni a Q1,000, los archirremunerados funcionarios del IGSS no escuchan o atienden las peticiones de los angustiados pensionados que han pasado sus mejores años de vida prestando servicios en empresas privadas y aun en la citada Institución.
La enorme mayoría de pensionados del IGSS no tiene lo que se necesita para vivir en sus hogares ni lo que está contemplado en la famosa «canasta básica». Ni siquiera cuenta con el discutible salario mínimo que, a juicio de los que lideran al obrerismo y al campesinado, ya no responde a las exigencias de la hora dramática que se vive en este patio centroamericano virtualmente hundido en el infortunio.
Hay afiliados al Instituto con pensiones insignificantes que podrían estar en nivel un tanto explicable y aun justificable allá por los años 60 del siglo XX, pero no en estos días del siglo XXI. Deben ser aumentadas equitativamente, con las bondades de la justicia y de los derechos humanos.
Pasa sin discusión, sin reclamos, el que se dejen como están en la actualidad las pensiones que van de 4,000 o de unos 5,000 quetzales hacia arriba.
Hay «personajes» que, por haber laborado en encumbradas dependencias del IGSS, están recibiendo cada mes, entregados al dolce farniente, veinte mil, treinta mil o más quetzales verdes, verdes, verdes, como diría nuestro Premio Nobel Miguel íngel Asturias (ahora jocosamente llaman «palomas» a las fichas de tal denominación)…
Se supone que todo el personal del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social goza del privilegio de adquirir el derecho a recibir pensiones equivalentes al ciento por ciento del salario mensualmente devengado hasta la fecha de retiro. Es realmente privilegiado ese multitudinario personal del IGSS. Cualquier trabajador del sector privado diría: ¡O todos hijos, o todos entenados!
Y tenemos que decir algo más: Cualquier gestión que hagan los afiliados, sus beneficiarios o los gí¼izaches sin cartón o encartonados, causa muchas dificultades y gastos onerosos porque el tortuguismo es terrible, muy tedioso y a ratos molesto, casi ofensivo. Son intrincadas las sartas de «requilorios» establecidos para tales o cuales asuntos. Se prestan a confusión, a equívocos, a la ambigí¼edad y, por ese motivo, los que gestionan dentro de su legítimo derecho tienen que trotar de Herodes a Pilato.
En fin, el IGSS no debe cercenar en ningún caso; sí, en ningún caso, recalcamos, las pensiones de sus afiliados que no excedan de unos 4,000 ó 5,000 quetzales (específicamente suprimiendo montos de cargas familiares al fallecer beneficiarios) y, además, honrando lo racional, lo justo y lo legal -de buena administración- debe facilitar, no dificultar las gestiones promovidas directamente -en forma personal- por los afiliados, o bien por las personas que los representen formalmente en cualesquiera circunstancias.