El hombre escribe historia hasta que empieza a reconocerse en ella


He querido esta tarde intencionalmente separarme del tradicional estilo que suelen caracterizar mis escritos, análisis internacional, para referirme desde una aproximación filosófica, sobre un tema que me parece apropiado abordar desde la posición hobbiana y desde el supuesto de Hobbes analizar el nacimiento del conflicto y a la terquedad constante de repetir los errores que fundamentan su lado mas visible, la guerra.

Lic. Carlos Escobedo

Homo homini lupus, el hombre es el lobo del hombre (anticipadas disculpas si el nombre en latí­n no esta bien escrito). Este supuesto como determinante de los conflictos y la aparición del posterior Estado autoritario se encuentra í­ntimamente vinculado a la torpe miopí­a del hombre que repetidamente no le permite diferenciar entre satisfacer sus deseos egoí­stas y los sentimientos colectivos.

En las sociedades modernas, la de la histeria competitiva, como la caracterizan algunos, en donde el hombre se reduce a competir por la gracia y el reconocimiento de los grupos de poder a través de la venta de sus capacidades al servicio de la mundialización económica y que posteriormente se traslada al ejercicio del poder a través de la ostentación de las riquezas mundiales, cobra vigencia el supuesto de Hobbes.

Para entender de mejor forma este «estado natural» de las cosas y la perpetuación del sistema de imposición y de lucha por la riqueza y el poder, habrí­a, incluso, que estudiar en profundidad los escritos de Kant y los sistemas de explotación del hombre por el hombre que plantea, asimismo, habrí­a que retomarse a Fromm y su estudio sobre las relaciones afectivas y la simple reducción de un estado de subsistencia a través de la competencia.

En un proceso de alienación por su carácter inconsciente y eminentemente materialista en donde prevalece el «es porque debe ser» nos inculca la falsa percepción que el estado de cosas y de injusticia que prevalece es el resultado de un estado de inercia casi natural heredado y contra el cual no podemos combatir.

En tanto el hombre no sea capaz de liberarse de su opresión sometido a la irracionalidad estaremos haciendo efectiva la frase determinista de que el hombre es un animal que devora animales.

A lo mejor hasta ahora el presente articulo le ha parecido medio o bastante fumado, no obstante lo que persigo es que dimensionemos que el estado de cosas presentes, la injusticia social, la coerción, el autoritarismo, la imposición, la subyugación económica no son cosas del presente sino que en el pasado han suscitado teorí­as de teorí­as, para entender entonces lo que acontece habrá que brincar la barrera del simplismo y de la dialéctica para entrar en el terreno de la filosofí­a y de la polí­tica y entender que el hombre constantemente bajo diversos medios ha intentado hacerse de poder e imponerse bajo cualquier mecanismo y cualquier pretexto.

La realidad nacional y nuestra conflictividad se enmarca directamente en las relaciones sociales (entorno) que hemos entretejido a lo largo de muchí­simos años y desde el poder polí­tico (sistema) que hemos concebido y que derivaron en acciones como la imposición por la fuerza, la lucha armada y las acciones unilaterales; esta realidad desdibujo una nación y potencializó a su vez una conflictividad que nos llevo a la guerra.

No pretendo retomar el tema del conflicto armado interno del que se ha escrito muchí­simo. El hombre que no reconoce su pasado no podrá generar un mapa mental que le permita construir un mejor futuro y eso es lo que el paí­s a lo mejor necesita un nuevo rumbo, un nuevo modelo. A mi parecer el dialogo nacional debiera de girar en torno a un proceso de reingenierí­a de los Acuerdos de Paz (signados en un entorno internacional diferente), es decir un alto en el camino y un estudio profundo de lo que se ha hecho, qué falta por hacerse, en qué se ha fallado y con ello evitar cometer los errores del pasado para no comernos entre nosotros mismos.

Mi vocación por la polí­tica ha sido heredada por mi padre y esta a su vez la he transmitido a mis hijos, el deseo por un cambio profundo en Guatemala debe prevalecer permanentemente en la mente de todos los guatemaltecos. Me permito dedicar estas lí­neas a mi hija Andrea para motivarla a continuar escribiendo por que ya lo hace en el periódico de su colegio y para inculcarle el amor mas profundo por Guatemala que necesita del compromiso de las nuevas generaciones.

Politólogo con orientación en Relaciones Internacionales y estudios de Post Grado en Polí­tica y Derecho Internacional.