El gato í“scar


Grecia Aguilera

Los seres humanos creen tener el control sobre la naturaleza, y creen ser los únicos que poseen alma. Pero si observamos a los animales, nos damos cuenta que en realidad ellos son los dueños del planeta y que también poseen alma, y el Libro de Eclesiastés (3,18-19) lo confirma: «También pensé acerca del destino del hombre: es así­, para que Dios los ponga a prueba y haga ver que son como los animales. De hecho el destino del hombre y el del animal es el mismo; muere y uno y el otro también: los dos tienen la misma alma; la superioridad del hombre sobre el animal es nula: pues todo es vanidad». Es por eso que los humanos de una forma o de otra les han temido a los animales. En el antiguo Egipto tení­an como dioses a los felinos: adoraban a los gatos, por lo que matar a uno de estos animales se castigaba con la muerte; lo contrario sucedió en la Edad Media cuando pensaban que los gatos eran ayudantes de Leviatán o Lucifer, los quemaban o los sacrificaban vivos. Hoy en dí­a la Iglesia Católica ha declarado Santos Patronos de los animales -incluyendo a los gatos- a San Antonio Abad, San Francisco de Así­s y San Martí­n de Porres. ¿Por qué tanta contradicción para con estos pequeños felinos? Tal vez sea porque el gato es en realidad la paradoja de un animal doméstico, y los humanos saben que son seres independientes, muy perceptivos e intuitivos. La noticia del gato llamado í“scar -un hermoso felino bicolor de lomo gris y blanco por abajo, que predice la muerte de los pacientes en el Hospital Steere House, del estado norteamericano de Rhode Island- es una más entre otras interesantes historias de mininos que advierten diferentes situaciones o eventualidades que puedan suceder, como si pronosticaran el futuro. Un dí­a en que el célebre polí­tico inglés, Sir Winston Churchill se encontraba enfermo, los médicos que lo atendí­an determinaron que ya estaba fuera de peligro, pero esa misma noche el gato de Churchill maullaba sin cesar y rascaba la puerta de la habitación; al dí­a siguiente amaneció muerto su amo. El gato supo de la muerte de su dueño antes que los doctores. En ocasión del terremoto en Guatemala, del 4 de febrero de 1976, recuerdo que el gato de mi hermano León, que se llamaba «Ticopia», se quejaba continuamente la noche anterior a la catástrofe. El 11 de julio de 1991, fecha en que ocurrió el eclipse total de Sol que fue visible en Guatemala, mi gato siamés «Grégory» se paseaba nervioso con el lomo erizo, de un lado a otro por el corredor de mi casa. A los gatos hay que comprenderlos: son seres independientes, arrogantes, como lo escribió Pablo Neruda en su «Oda al gato»: «…mí­nimo tigre de salón,/ nupcial sultán del cielo…/ Oh fiera independiente de la casa,/ arrogante vestigio de la noche…» El gran poeta Ví­ctor Hugo opinaba que «Dios hizo al gato para ofrecer al hombre el placer de acariciar un tigre». Para la filósofa Margarita Carrera representan «su sagrada animalidad felina». Los habitantes del Tí­bet declararon a los gatos los guardianes de reliquias y templos. Los gatos han sido protagonistas en la vida de personajes famosos, como por ejemplo: Jacques Derrida, filósofo nacido en Argelia; Jorge Luis Borges; Julio Cortázar; Ernest Hemingway, con sus gatos polidáctilos; Domenico Scarlatti, quien escribió la obra musical «La fuga del gato»; Bill Clinton, con su primera mascota «Socks». Han cobrado vida en historias y cuentos como «El gato con botas» de Charles Perrault y «El gato negro» del magní­fico escritor Edtar Allan Poe. De dioses a mascotas, para mí­ los gatos son «nirvanas del pasado/ descubren en sus ojos/ el porqué de la existencia/ contemplan en vigilia/ los misterios más profundos/ de un mundo insubsistente…/ Faraones indomables/ metafí­sicos del alma/ profetizan los albures/ y observan en las noches/ el destino del planeta/ hilvanando los segundos/ en cósmicas burbujas…»