Cuando en torno a una mesa de cantina departe un grupo de amigos es frecuente que a la hora de pagar la cuenta se encuentre a algunos dadivosos, que contribuyen generosamente así como también de aquellos otros, los agarrados que no saben abrir la mano sino que la cierran, apretadas como la garra de un simio y se hacen los babosos. En la jerga chapina se les conoce como garras.
Cuando un muy atento mesero de manos limpias sirve sin tardanza una sabrosa comida, y está atento a llevarle, sin que usted se lo pida, el pan que ya se está acabando, uno queda satisfecho, sale contento y la famosa «cuenta» se paga con gusto. Es entonces que uno siente cierta obligación moral de recompensar a aquel que le ha atendido con esmero.
En nuestro caso, es la Lila mi mujer quien interviene para decirme que no sea pichicato y que sea más generoso con la propina. Y, ni modo, no hay de otra.
Hace un par de meses fuimos con la Lila a un restaurante recién estrenado y que lucía muy espléndidamente vestido con blanquísimos manteles y muy brillante cristalería, sin embargo, la comida no estuvo lo sabroso que esperábamos y la tardanza, que fue desesperante, ameritó nuestro reclamo. Ya no pedimos postre, y nos levantamos prematuramente porque tampoco nos llevaban la cuenta. Eso sí, en la boleta aparecía el porcentaje por el «servicio», es decir la que ahora es obligada propina. No la pagué. Y anoté en la boleta que no lo hacía porque el servicio había sido deficiente.
Fue hace unos 60 años que la propina principió a hacerse costumbre y poco a poco llegó a hacerse un tácito convenio de un diez por ciento. Así prevaleció por muchos años y con ello los meseros quedaban agradecidos. Pero, como siempre, había siempre muchos garras que no daban ni lástima.
A los garra, a quienes no se les cae ni un centavo, les dolía la propina y ello principió a generar las calladas protestas de los mozos que creían haber servido con calificada diligencia y que algo más se merecían. Fue entonces que en la boleta de la cuenta principió a aparecer ese rubro por «servicio», que debería de pagarse obligatoriamente y por el cual, nunca extienden factura. Si la propina es obligatoria debe extenderse factura.
Con las enseñanzas de la Lila, he aprendido a ser más generoso y podría afirmar que nuestras propinas son generalmente del 20 por ciento y que, además, si mi mujer le ha metido párrafo a quien le sirve y le ha caído bien, pues no es raro que sea de a más. Ella es la que decide y esa gratificación es ofrecida con agrado sobre todo en aquellos restaurantes en donde, en la cuenta, no añaden la propina como algo obligatorio. Es que, eso, no cae bien.
En muchos lugares elegantes, frecuentados por gente de caché, los meseros se hacen buen dinero de las propinas más que del salario y, en las «cuentas» no aparece el exigente cobro por «servicio». Pero, en Guatemala, esa es la rareza.
Buscando el justo medio, los restaurantes, en la boleta de la cuenta, deberían sugerir al cliente que, si acaso el servicio fue bueno, sean generosos con su propina. No sé cómo funcionaría la cosa, porque los garra pululan y siguen vigentes, y no solamente se irían sin dar propina sino que también se llevarían, con generosidad, bolsitas de azúcar, jaleítas, mantequilla, un puño de servilletas, y de vez en cuando un tenedor y un cuchillo.