Es un estribillo propio de las campañas políticas y del período electoral eso de pensar que el futuro de las naciones está en las manos del pueblo, porque se supone que la trascendencia de la decisión electoral es de tal calibre y magnitud que hace que pueda variar el destino. Yo no creo que sea totalmente cierta la afirmación en ese contexto, pero sí creo que el futuro de cualquier nación y su destino está en las manos de un pueblo que entiende que la democracia va más allá de emitir el sufragio y que decide tener una participación permanente para no ser ignorado y pisoteado por quienes gobiernan y por quienes ejercen los poderes reales.
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Aquellos pueblos que se conforman con «decidir» su destino en las urnas y luego se toman cuatro años sabáticos en los que nada ni nadie les importuna ni les sacude su sangre de horchata, están condenados a sufrir cualquier clase de desgobierno y de abusos porque no aprenden a exigir sus derechos ni, mucho menos, a cumplir con sus responsabilidades y obligaciones. En cambio, los pueblos que entienden que la patria se construye día a día, participando, opinando y actuando, son los que llegan a construir instituciones capaces de modificar y cambiar el destino.
Nosotros tenemos el pecado de que somos demasiado indiferentes y luego del conflicto armado interno perdimos por completo la capacidad de ser solidarios y de involucrarnos en los asuntos públicos porque no queremos correr riesgos ni andar alborotando hormigueros. Pero resulta que los hormigueros han crecido por todos lados y están destruyéndolo todo y eso ocurre porque nadie mueve un dedo para combatirlos, para entender que no hacer nada es el peor de los remedios.
Creo que los guatemaltecos vamos a elegir el domingo 4 sabiendo que no tenemos una opción que sea capaz de resolver los problemas, pero pensando en votar por enésima vez en busca del menos peor de los aspirantes. Y no nos queda otro remedio porque no podemos postular nuestras propias candidaturas ni alterar las reglas del juego, pero sí podríamos significar mucho si actuamos organizadamente como instrumento de presión para obligar a los electos, sin que importe quiénes sean, a que asuman compromisos con el pueblo. Ayer el editorial de La Hora decía que deberá llegar el tiempo en que las cosas cambien, pero ello no será por magia ni por generación espontánea, sino que se demanda de la población un compromiso y determinación para entender el papel que dentro del civismo nos corresponde. No debemos seguir entregando cada cuatro años un cheque en blanco a los políticos para que quienes gobiernen hagan lo que les venga en gana. Se les elige para que administren la cosa pública y sirvan a la sociedad y en ese sentido hay que actuar de manera exigente y con organización para mantener presión constante a efecto de que las medidas de gobierno sean de interés general y no de interés particular.
No será fácil porque, repito, tenemos desde el conflicto un desinterés marcado ya no sólo por las cosas públicas, sino que también por la solidaridad que nos debemos entre los ciudadanos. Peor aún si hay peligros implicados en cuanto a levantarse para demandar, de pie y con dignidad, que el Estado funcione como Dios manda y que termine esa incapacidad para entender nuestra responsabilidad como ciudadanos, pero debemos empezar alguna vez y ahora tenemos la oportunidad de hacerlo.