Cuántas veces hemos escuchado la frase trillada de que los niños son el futuro de la patria. Al ver ayer las fotografías que no pudimos publicar, en donde aparece el «niño» sicario que mediante el pago de 100 quetzales asesinó frente a sus hijas a una mujer trabajadora que no pagó una extorsión, pensamos precisamente en ese negro futuro que le espera a nuestra pobre Guatemala con niños y adolescentes que se dedican a matar fríamente a sus semejantes devaluando de esa manera dramática el valor de la vida humana.
Mil y una consideraciones se pueden hacer respecto a la situación del país derivadas todas de ese hecho de sangre que ayer puso de manifiesto el nivel de podredumbre y desvalorización que afecta a nuestra sociedad. ¿Cómo sorprendernos de que adultos disparen porque sí a alguien que no entrega rápidamente su celular, si un patojo que confiesa haber matado ya a otras personas dispara fríamente contra una mujer frente a sus hijas pequeñas simplemente porque le pagaron 100 quetzales? ¿Qué podemos esperar del futuro si cada día son muchos los niños que se enrolan en pandillas y se convierten desde temprana edad en criminales de la peor calaña?
Esperar la rehabilitación de esos pequeños monstruos que no saben más que matar es imposible y lo peor de todo es que no hacemos nada para contener el crecimiento constante de las pandillas que sirven eficientemente a todo el crimen organizado. Y mucho menos probable en un país como el nuestro donde los sistemas de corrección de menores son todo lo contrario, porque se constituyen en verdaderas universidades donde pueden alcanzar maestrías en cuanto a la forma de delinquir.
Ver en La Hora a personal nuestro derramar lágrimas al ver las fotografías de los familiares de la mujer asesinada y al comentar esa desgracia que estamos viviendo nos confirma que aún en profesiones en las que nos mantenemos expuestos a convivir con malas noticias subsiste el sentimiento humanitario y prevalece la indignación que provoca un crimen como éste. Pero lo peor de todo es ver el rostro fresco, campante y despreocupado, del asesino que sabe perfectamente que el sistema terminará protegiéndolo hasta que se perfeccione como delincuente y criminal desalmado.
No estamos clamando por la limpieza social y ojalá no se nos mal entienda. Pero sí exigimos que el Estado asuma su función en la prevención del delito y en la corrección de los menores de conducta anormal. Que los pandilleros adultos que no sólo enrolan sino que usan como sicarios a estos menores paguen con todo el peso de la ley por su tremenda e irreparable maldad, porque de lo contrario, estos niños serán, verdaderamente, el futuro de la patria.