El futbol: mitos, negocio, corrupción y juego (II)


Para un jugador de futbol lo más importante es ser miembro de la selección nacional y, lo excelso, llegar con ella a un Campeonato del Mundo. Este hecho integra fama, dinero y se vuelven parte del entorno social. Mujeres y hombres aficionados los admiran. Esta situación permanece durante varios años hasta que, aún jóvenes, son reemplazados.

Carlos Cáceres
ccaceresr@prodigy.net.mx

Apoyar a una selección nacional significa identificarse con ella esperando sus victorias, aunque las personas dirijan sus preferencias a otros equipos; sin embargo, no son ellos quienes ganan pues los que triunfan son los integrantes de un grupo escogido por ser el mejor en un determinado paí­s. Además, reciben dinero por su participación. Pero los once futbolistas no llevan en sus botines la cultura con la cual se distingue una nación, tampoco los nueve beisbolistas, ni la cuarteta de ciclismo, los cinco basquetbolistas, o el tenista.

El fútbol es un negocio. Por esta razón, ningún paí­s puede estar sujeto a los vaivenes del mercado porque once ciudadanos vencieron o no en un partido. Su identidad se encuentra en el hecho de ser oriundos o naturalizados de una nación, pero no pueden arrogarse la representación de hombres y mujeres a quienes nadie les ha preguntado si la otorgan o no. Los jugadores tampoco son delegados de una región, estado o departamento. La mayorí­a de ellos ni siquiera nacieron en esos lugares y juegan por breves temporadas recibiendo un salario por hacerlo.

La enorme cantidad de aficionados apoyando a una selección de futbolistas, deben ser respetados como seres humanos ejerciendo su derecho a estar presentes con el que denominan equipo nacional, pero no puede dejar de señalarse a la publicidad como la creadora de sí­mbolos para incrementar el número de seguidores. Esto significa más consumidores para la gran variedad de productos que se ofrecen.

La publicidad crea artificialmente el sentimiento patriota y anula el sentido crí­tico de quienes dedican mucho o poco tiempo al fútbol. Se les inculcan ideas como su compromiso social con la selección, la obligación de apoyarla y que ésta, al jugar y obtener un éxito, será también una ganancia para ellos. Pero las utilidades nunca les llegarán y el paí­s no obtendrá ningún beneficio. ¿O el dinero obtenido en los múltiples campeonatos locales o de nivel mundial coadyuva a evitar la migración laboral, impulsar la educación o evitar la degradación del ambiente?

Se crea entonces el fanatismo, el cual se fomenta mediante la irracionalidad. Su peligrosa implicación es la violencia. Los hooligans ingleses -un ejemplo entre barras, hinchas, seguidores, porras y otros- desarrollan el vandalismo y piensan que abusar y degradarse, es su mejor estilo de vida. Los rumores (el árbitro se vendió, tal paí­s se dejó ganar, etcétera), se repiten en forma mecánica sin analizar. Asimismo, el ánimo de las personas se moldea según la euforia de locutores o comentaristas -quienes actúan según los intereses económicos de quienes les pagan- desbordando energí­a para hacer de la derrota una desgracia nacional o un paí­s desbordado de felicidad por un triunfo.

Los millones de dólares que genera el fútbol, no se dirigen a lograr mejores niveles de bienestar para los fans. En el paí­s donde se juega no hay una distribución social de ese ingreso y, en muchas naciones, las federaciones y sus directivos ni siquiera pagan impuestos. Es un juego para incrementar el ingreso multimillonario de las grandes corporaciones del comercio internacional, engrosar las utilidades de los capitalistas locales del fútbol y de la mayor parte de sus dirigentes.

El fútbol se encuentra, pues, inmerso en el mercantilismo global; sin embargo, no se puede adoptar el principio de ignorar la realidad: la presencia del fútbol en amplios sectores medios o populares de la comunidad internacional. Este aspecto señala la necesidad de ubicar ese juego por sus caracterí­sticas lúdicas y su ambiente de fiesta. Nadie en un estadio se encuentra ajeno al espectáculo y su emoción. La aplicación de la táctica planteada por el entrenador requiere inteligencia, talento para aplicarla y destreza en el manejo del balón. Quienes asisten a un partido consideran estar relajados y establecen propósitos de unidad con relación al equipo que apoyan. Comparten alegrí­as -cuando se gana- o sufrimientos -al perder- y durante los noventa minutos que dura el juego -más los comentarios del medio tiempo-, hombres y mujeres (es un deporte de masas) tratarán de olvidar los factores negativos de su vida cotidiana. Estarán inmersos con sus nervios y dudas en las posibilidades de anotar un gol. Lágrimas y caras desencajadas señalarán una derrota; abrazos y gritos de alegrí­a indicarán que se ganó o empató. Ambos factores cerrarán el espacio y tiempo dedicado a este deporte. Obviamente, es un juego y, como tal, debe disfrutarse (Final).