El francés que pescaba tiburones


Ren-Arturo-Villegas-Lara

Hace algunos lustros, habitó en la aldea El Ahumado, un ciudadano francés que pescaba grandes tiburones con una mano. Según se supo, peleó en la Primera Guerra Mundial, formando parte del ejército francés. En esa guerra perdió el brazo derecho y después de la curación y cicatrizada la herida, no se avino a que le pusieran una mano de plástico; en vez de ese simulacro, se colocó una pequeña manga negra tejida de lana gruesa para cuidarse del frío.

René Arturo Villegas Lara


Se llamaba Claudio Garón, al menos así se le conocía en todos los alrededores, y con  una pensión generosa que le pasaba el gobierno de Francia, por ser veterano de guerra, un día tomó un trasatlántico y dando tumbo tras tumbo vino a parar a Guatemala, y para más señas se fue a vivir a la costa del mar Pacífico, más específicamente a la aldea El Ahumado, que pertenece al municipio de Chiquimulilla. Allí compró un terreno entre el canal y el mar, construyó un amplio rancho, lo pobló de cocales pequeños que le llegaron de Belice, matas de icacos, unos limoneros y naranjales, jocotales de cuaresma y tronadores, unos cuantos árboles de nance y un bosque de jocote marañón. El terreno era un paraíso tropical en donde no faltaban algunos cercos tupidos de vara de mangle, con suficiente cohesión para que no se salieran los lagartos, los mapaches, los coches de monte y un venado que fue envejeciendo juntamente con el dueño. En el patio libre circulaban patos, pavos reales, gallaretas, garzas blancas y morenas y como tenía un pequeño estanque natural en medio del patio, entre la ninfa caminaban los clis clis y se deslizaban variedades de tortugas. Don Claudio Garón era feliz en ese lugar y por nada del mundo se hubiera regresado a Francia. Hasta consiguió mujer, pues pronto se “arrejuntó” con una patojona roísa, de pantorrillas juguetonas, que lo enseñó a comer tortillas y pescado seco envuelto en huevo y que aprendió francés y leer a Moliere. Recuerdo que en la cornisa  del gran ranchón vivían sus masacuatas que daban cuenta con los murciélagos que se prendían en las vigas de mangle y con  las ratas que llegaban a roer  la palma, por pura gana de joder, como decía don Claudio. Un día, con buena inteligencia observó que pescar bagres, lisas, pargos boca colorada y una que otra curvina, no iba a sacar del marasmo a los pescadores que después del mediodía se tendían en las hamacas a fumar puro, tomar chicha y contar historias increíbles sobre los enigmas del mar.  Entonces se le ocurrió una idea: pescar tiburones. En ese tiempo, décadas de los 30 y los 40, no existían esas lanchonas que les llaman tiburoneras. Por eso fabricó él mismo unos anzuelos de regular tamaño; trenzó una gruesos cordeles añadidos para que fueran largos; y, para probar el procedimiento, sacrificaron una marrana que ya llevaba ocho partos y con la carne hicieron los bocados. Donde mueren las olas, sembraron tres estacas, a mucha profundidad, y allí fueron amarrados los lazos, que cuatro pescadores se encargaron de llevar los bocados muchos metros más allá de la reventazón. La espera fue de horas. Al fin, una estaca empezó a crujir y el lazo a tensarse. Entonces, entre cuatro pescadores y  don Claudio Garón, con su brazo bueno y su brazo cuto, empezaron a jalar y jalar, hasta que fue apareciendo un tremendo tiburón que parecía ballena. Después, todo eso se volvió rutina y hasta llegaron a contar que don Claudio Garón  sacaba los tiburones y los destazaba con un solo brazo. Del tiburón se aprovechaba todo, y de los hígados y menudos, fritos en un perol, extraía un aceite que vendía envasado en octavos que tenían una etiqueta que decía “Aceite de Tiburón de Claudio Garón”. “Bueno para los Pulmones”. Mi madre solía darnos gotas de ese aceite en jugo de naranja, para prevenir los catarros de invierno. Cuan empecé a ejercer mi profesión en mi pueblo, 1964, un día llegó don Claudio Garón, a que le redactara  su acta de supervivencia, para que el gobierno francés le siguiera enviando su pensión de guerra. A esta fecha, creo que el francés que pescaba tiburones con una mano, ya ha de estar muerto y seguramente enterrado en ese paraíso que vino a construir viendo celajes en el atardecer, cuando el sol se esconde en los confines del mar.