El fin de los buenos


            Si bien es cierto, da mucho gusto ver tras las rejas o huyendo como ratas a delincuentes de cuello blanco (los que tradicionalmente han sido intocables por sus credenciales familiares o económicas), no debemos permitir que se escapen de las bartolinas.  Hay que llegar hasta las últimas consecuencias para que reciban su merecido y el reino de la impunidad empiece a parecernos cosas de un pasado de infeliz memoria.

Eduardo Blandón

            En el pasado, ya se sabe, sólo los pobres iban a las cárceles.  Los roba gallinas, los carteristas, los empleados de cuarta categorí­a, atestaban las galeras.  Jamás un solo banquero, nunca un empresario, imposible un polí­tico.  Ellos se protegí­an entre sí­, como los militares, para escapar de la justicia.  Se iban con los millones y formaban parte de la raza escogida de Yahvé.

            Afortunadamente, Dios bajó (no sé exactamente cuál) y de un dí­a para otro, por medio de la CICIG y otras instancias valientes del paí­s, se comenzó a ver a los escogidos del destino en alas de cucaracha.  Los «buenos» -como ellos se autollamaban hipócritamente- empezaron a mostrarnos sus plumeros.  No eran tan cándidos como aparecí­an recibiendo con humildad la Eucaristí­a (al estilo de Pinochet), eran auténticos villanos, lobos con piel de ovejas, delincuentes de altos vuelos. 

            La evidencia estaba a la vista.  Saqueaban bancos, tení­an negocios oscuros con el Estado, defraudaban al fisco, mal pagaban  a sus empleados, traficaban niños, negociaban armas, viví­an de las drogas y tení­an sus propios ejércitos.  Se organizaban para imponer la ley y el orden (el suyo propio).  Disfrutaban del tiro al blanco eliminando, según ellos, a los indeseables, la basura, los malparidos.  Eran la viva imagen del Dios rencoroso y miserable que aprendieron en las catequesis de sus parroquias exclusivas.

            Como ellos se sentí­an los predilectos del cielo, ahora les cuesta aceptar que son «humanos, demasiado humanos», como los demás, y que las cárceles también les pertenece.  Por eso lloran frente a la justicia.  El llanto no es producto del arrepentimiento, sino del sentirse humillados, bajados de nivel, despreciados.  Para ellos, eso de la justicia no les cuadra.  La simetrí­a es con otros, los puros tienen un lugar lejos de este mundo. 

            Y como ven que las cosas cambian en Guatemala, los bandidos gestionan nuevas nacionalidades.  Ahora se van a Austria, España, Suiza, Italia.  Reclaman un nuevo mundo porque este ya no es el suyo.  De cuando acá perseguirlos.  Este paí­s se ha vuelto loco.   Huyen como ratas a mendigar impunidad y así­ se delatan ya no sólo como delincuentes de baja catadura, sino también como cobardes. 

            Con esas acciones esperan que les llegue la muerte y que sus hijos con el tiempo olviden sus miserias.  Pero, como decí­a al inicio, no debemos permitir que la justicia no les alcance.  Lejos de nosotros los Pinochet (cuya muerte fue su salvación), nunca más los Rí­os Montt (í­cono de la impunidad nacional).