El fin de la doctrina de Bush


El triunfo de Barack Obama debiera suponer el fin de la doctrina de Bush que pregonaba el unilateralismo para realizar los llamados «ataques preventivos» contra cualquier paí­s del mundo que según el Presidente de los Estados Unidos pudiera considerarse como una amenaza para ese paí­s. A lo largo de su campaña el ahora presidente electo dijo que basarí­a su polí­tica exterior en el multilateralismo, tratando de trabajar en la construcción de alianzas con otros paí­ses sobre la base del respeto.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

Hay que recordar que cuando a Bush se le metió entre ceja y ceja que tení­a que atacar a Irak, el sistema de Naciones Unidas fue totalmente despreciado, no sólo con la actitud mentirosa de llevar al Consejo de Seguridad pruebas falsas de la existencia de arsenales quí­micos y biológicos, sino porque se violentó el orden jurí­dico internacional para llevar adelante la acción bélica que al final contó con la colaboración de Inglaterra y España cuyos dirigentes de entonces se comportaron como perros falderos del presidente norteamericano.

Las tentaciones para Obama de continuar con esa visión imperial del mundo serán muchas porque es natural que en una potencia como Estados Unidos surjan voces que propongan ignorar al resto del mundo y aconsejen actuar en forma arrogante. Pero durante todo el tiempo de la campaña, el futuro presidente insistió en que establecerí­a una comunicación fluida no sólo con los aliados de su paí­s sino también con los enemigos y potenciales enemigos, convencido de que era crucial devolver su importancia a la diplomacia en la solución de conflictos.

Por supuesto que el sistema mismo de Naciones Unidas requiere de un rediseño a la luz de las nuevas realidades mundiales surgidas tras el fin de la guerra frí­a. Pero ese cambio no puede ser producto del evidente y burdo desprecio que mostraron por la comunidad internacional las autoridades norteamericanas, sino que debe ser resultado de una profunda convicción de la importancia que tiene el trabajo conjunto de la comunidad internacional en la búsqueda de fines comunes para la humanidad.

Un nuevo orden internacional es necesario y en el mismo hay que trabajar con ahí­nco porque es obvio que los nuevos desafí­os son complejos tanto en el campo de la seguridad y la paz como en el plano económico que en este mundo globalizado requiere también de respuestas coordinadas y que sean parte de acciones multilaterales.

Las consecuencias en el plano interno de la elección de Barack Obama son previsibles porque fue muy claro su compromiso para trabajar de manera que el norteamericano promedio, el de la clase media, pueda recibir beneficios de la acción del Estado. Pero en el plano internacional tiene que emprenderse todo un proceso de reconstrucción de alianzas sobre la base del respeto a la dignidad y soberaní­a de los pueblos del mundo, tan de capa caí­da durante estos últimos ocho años en los que la figura del «americano feo» fue encarnada nada más y nada menos que por el mismo Presidente de esa gran potencia.

La principal razón para alentar optimismo es que no hay forma de que las cosas empeoren porque se llegó a tal situación en estos ocho años que ya no puede pensarse en algo más negativo. Pero además en el tema puntual de las relaciones internacionales, Obama fue claro y categórico al explicar la forma en que se relacionarí­a con los paí­ses del mundo.