Un laberinto, sus ramajes abarcan todo el país. Pero por obvias razones alcanza volúmenes desaforados en el entorno capitalino. Entre semana resulta una rémora visualizada los viernes, antesala del descanso. La situación se torna fatídica durante las horas pico y en el final del día.
Tiene que ver la desaforada demanda del colectivo usuario con déficit de unidades del servicio público.
Adónde dejamos el mal trato de pilotos y ayudantes bausanotes en contra del pasajero. También afecta el deterioro de las unidades y la música estridente dentro, amén de lo ruinoso del parque vehicular.
Razón de sobra de la insistente pregunta qué efectos beneficiosos redundan en torno al usuario, conforme siempre, respecto al subsidio prevaleciente, mediante millones. Ninguna mejora física salta a la vista en los armatostes rodantes, expeliendo volúmenes cuantiosos y malsanos de humo negro.
Acerca de las rutas hay mucho qué decir. Los pilotos tipo insulsos toman cualquier rumbo, pese a las débiles protestas del viajero obligado a acceder por obra de una necesidad sin respuesta en su favor, puesto que ¿Quién le pone el cascabel al gato?. Las paradas constituyen el relajo del año.
De unos años atrás el público usuario es asaltado cuando menos lo piensa por malandrines que hacen su agosto siempre. Eterno problema en crecimiento debido al incremento de grupos mareros, que amenazan con arma de fuego o blancas a los indefensos usuarios, objeto de desvalijamiento completo.
De quebradero de cabeza vienen a ser los cobros a su sabor y antojo a la tripulación cotidiana. Esto conforma también eterno problema, ajeno a la debida solución. El quetzal autorizado en un mero decir. Tarifa legal autorizada por el ayuntamiento, por cuanto cobran, dos, tres y hasta cinco quetzales. ¿Lo toma o lo deja?
El Transmetro y su par el Transurbano, si lo comparamos con los «tomates» evidencia enorme diferencia, abismal mejor dicho. Vemos resultados positivos relativamente. Uno que otro caso, que no la mayoría, el viajero se siente mucho mejor atendido por el personal conductor, y no refleja disgustos.
De repente hemos visto que ingresan vendedores informales, específicamente de dulces y chicles. De repente si se baja un poco la guardia también lo harán la cadena de «gente de la palabra de Dios» y en términos colectivos sangradores y pedigüeños harán presencia y molestarán igual. ¡Cuidado!