El eterno problema del tránsito


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Un laberinto, sus ramajes abarcan todo el país. Pero por obvias razones alcanza volúmenes desaforados en el entorno capitalino. Entre semana resulta una rémora visualizada los viernes, antesala del descanso. La situación se torna fatídica durante las horas pico y en el final del día.

Tiene que ver la desaforada demanda del colectivo usuario con déficit de unidades del  servicio público.

Juan de Dios Rojas


 Adónde dejamos  el  mal  trato  de pilotos y ayudantes bausanotes en contra del pasajero.   También  afecta el deterioro de las unidades y la música estridente dentro,   amén de lo  ruinoso del parque vehicular.

Razón de sobra de la insistente pregunta qué efectos beneficiosos redundan en torno al usuario, conforme siempre, respecto al subsidio prevaleciente, mediante millones. Ninguna mejora física salta a la vista en los armatostes rodantes,   expeliendo  volúmenes cuantiosos  y malsanos de humo negro.

Acerca de las rutas hay mucho  qué decir.  Los pilotos tipo  insulsos toman cualquier  rumbo,  pese a las débiles protestas del  viajero obligado  a acceder por obra de una  necesidad  sin respuesta en su  favor,  puesto  que ¿Quién le pone el  cascabel  al  gato?. Las paradas constituyen el  relajo  del año.

De unos años atrás el público  usuario  es  asaltado cuando menos lo piensa por malandrines que hacen su agosto  siempre.   Eterno problema en crecimiento  debido  al  incremento  de  grupos mareros,   que amenazan con arma de fuego o  blancas  a  los  indefensos  usuarios,  objeto   de  desvalijamiento completo.

De quebradero  de cabeza vienen a ser  los cobros a  su  sabor y  antojo  a la tripulación cotidiana.  Esto  conforma también eterno problema,   ajeno  a la debida solución.   El  quetzal  autorizado en un mero  decir.  Tarifa legal autorizada por el  ayuntamiento,  por cuanto  cobran,   dos,   tres y  hasta cinco  quetzales. ¿Lo  toma o  lo deja?

El Transmetro y su par el Transurbano, si lo comparamos con los «tomates» evidencia enorme diferencia, abismal mejor dicho. Vemos resultados positivos relativamente. Uno que otro caso, que no la mayoría, el viajero se siente mucho mejor atendido por el personal  conductor, y no refleja disgustos.

De repente hemos visto que ingresan vendedores informales, específicamente de dulces y chicles. De repente si se baja un poco la guardia también lo harán la cadena de «gente de la palabra de Dios» y en términos colectivos sangradores y pedigüeños    harán presencia y molestarán igual. ¡Cuidado!