El eterno debate nacional sobre impuestos


Sólo la discusión de la Reforma Agraria durante el gobierno de Jacobo Arbenz y en los gobiernos posteriores, cuando ese tema polarizó a la sociedad, puede compararse con la eterna discusión que se da en Guatemala respecto al tema de los impuestos. No es casualidad que el nuestro sea uno de los paí­ses con menor carga tributaria en todo el mundo y, por consecuencia lógica, tampoco es casualidad que seamos uno de los paí­ses que presenta mayor rezago en el desarrollo humano porque la historia mundial demuestra que únicamente los paí­ses que invierten adecuadamente gran cantidad de recursos logran alcanzar mejores niveles de vida.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

El debate es tan antiguo como nuestra existencia puesto que la independencia misma del paí­s no se produjo por ansias de libertad, como ocurrió en otros paí­ses de América, sino porque los criollos de la época no querí­an seguir pagando impuestos a la Corona española y para el efecto cooptaron al gobierno colonial para que se sumara al movimiento independentista que perseguí­a únicamente librarse de la carga tributaria.

Lógicamente casi todos los gobiernos han pensado en una reforma fiscal porque es obvio que no se pueden impulsar programas de desarrollo si no se dispone de recursos para invertir en educación, salud, vivienda y seguridad de los habitantes de la República, pero todos los esfuerzos han fracasado por la tenaz oposición que genera la simple discusión del tema. Por ello es que cada poco tiempo se producen parches fiscales, como el que ahora ha propuesto el gobierno de Colom, que persiguen únicamente rellenar agujeros fiscales de coyuntura, sin que tengamos la capacidad de estructurar un verdadero pacto fiscal que nos lleve a combinar no sólo la mayor capacidad de captación de ingresos, sino también la mayor calidad del gasto público.

Porque no me canso de repetir que la corrupción se ha convertido no sólo en un instrumento de fantásticas y rápidas ganancias para muchos, incluyendo desde luego no sólo a polí­ticos sino también a empresarios, sino que además cumple a cabalidad con su papel de ser el principal pretexto para no pagar impuestos. Y como es más fácil seguir robando que transparentar el manejo de los recursos del Estado, pues obviamente todos se entretienen con un juego que además resulta ser muy lucrativo.

Una reforma fiscal entendida en su concepción más amplia, demanda elevar la carga tributaria, por un lado, pero también el establecimiento de mecanismos de control y combate a la corrupción. Mecanismos reales y no fantasiosos como los que impulsan algunos polí­ticos que tienen la torpe idea de que con publicar campos pagados diciendo que ellos son y han sido honrados, lo cual no se puede demostrar más que con su palabrerí­a, basta y sobra para hablar de cambios en el paí­s. Mamolas, dirí­an nuestros ancestros, porque el problema no es de una golondrina que quiera hacer verano o que simplemente robe amparado en su real o ficticia buena fama, sino que es cuestión de procedimientos que impidan el manoseo del erario público y esos procedimientos no aparecen por ningún lado.

Y no es cuestión del huevo o la gallina, es decir, de que nos entretengamos discutiendo qué es primero, si la honestidad o el aumento de la carga tributaria. Simple y sencillamente son las dos patas esenciales de una reforma fiscal y deben abordarse en forma simultánea para romper con el viejo y añejo pretexto tan conveniente para todos.