Como consecuencia de la crisis internacional provocada por el aumento de los precios del petróleo, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, firmó el pasado mes de diciembre una ley sobre independencia y seguridad energéticas, presentándose como un apóstol del desarrollo de los biocombustibles para disminuir la dependencia de los países productores del oro negro. Las previsiones son multiplicar por seis la utilización del etanol, llevándola a 136 mil millones de litros anuales de aquí al año 2022.
En la actualidad Estados Unidos es el principal productor de etanol, uno de los biocombustibles que se fabrican a partir de maíz, soya y caña de azúcar entre otros cultivos. Muchos expertos consideran que la producción de los biocombustibles es uno de los factores responsables del aumento de los precios de los alimentos básicos.
Con apenas el 7% de la población de la Tierra, Estados Unidos consume más del 50% de la energía mundial, incluyendo empresas transnacionales y las bases militares que tiene diseminadas en los distintos continentes. Ello explica por qué el gobierno de Washington está apostando a los bioenergéticos, lo cual supone un negocio de cifras impresionantes, pero que a la vez alienta el desarrollo de lo que numerosos críticos de esta política califican como «la industria del hambre», pues por alimentar automóviles se está dejando de alimentar a la población mundial.
Según datos del periodista Rafael Bautista, de la agencia de noticias Argenpress de Argentina, para llenar los 25 galones del tanque de un vehículo con etanol, se necesitan más de 450 libras de maíz, pero esa misma cantidad remediaría la alimentación de una persona durante un año. Dicho analista sugiere que está en marcha una estrategia global de acabar con el hambre acabando con los hambrientos, que son aproximadamente dos tercios de los habitantes del planeta, pues además de recortar la producción destinada a los alimentos, se han elevados los precios originándose una escasez artificial de estos productos.
No es casual que el interés por el etanol se ha vuelto interés de las grandes transnacionales y por eso han comenzado a apoderarse de las principales productoras de caña en América del Sur. Tampoco es casual el movimiento del «autonomismo» auspiciado por los grandes hacendados de varias provincias como Santa Cruz en Bolivia, pues todo apunta a que el interés oculto es destinar las tierras de esa rica región para el negocio de la producción de los biocombustibles. Y todo se está haciendo en nombre de la democracia neoliberal, que no es más que una democracia estructurada para servir a los negocios, a costa de la humanidad y del planeta.