La crisis actual alborota a muchos y alienta a los atalayadores que quieren aprovecharla para llevar agua a su propio molino. Así están los políticos que asumen que pueden encumbrarse en el poder al estilo de Ramiro de León Carpio tras el serranazo y los que hablan de la necesidad de refundar la República para terminar de destruir al Estado.
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La crisis que estamos viviendo es resultado de un ataque sistemático que se hizo al Estado y sus instituciones durante muchos años, reduciendo no sólo su tamaño e importancia, sino desprestigiándolo de manera consistente. El pulso ideológico empezó hace alrededor de medio siglo, cuando se planteó la propagación de doctrinas orientadas a la reducción al mínimo del papel del Estado, mismo que según los teóricos tenía que limitarse, en todo caso, a dar seguridad y administrar la justicia. Pero se les fue la mano y al adelgazarlo se llevaron en la colada a todas las instituciones, incluyendo aquellas que tenían que ofrecernos las elementales garantías de seguridad.
No se llega a una situación tan crítica de un Estado incapaz de cumplir con sus más elementales funciones por casualidad. Eso es resultado de un sistemático y bien implementado plan para ir minando la institucionalidad bajo el concepto de que todo lo estatal es malo, todo es corrupto y vil. Llevamos años escuchando la misma prédica que se ha adueñado ya no sólo de la cátedra en la universidad, sino de la prédica en los medios de comunicación y ha sido tan consistente el planteamiento que al final terminamos por asumir como un axioma la inutilidad del Estado. En el fondo caló la explicación que daban, afirmando que los impuestos eran un despojo que se hacía a los ciudadanos y que no había que pagarlos. No sólo hubo resistencia al tema fiscal, sino que ante los impuestos ya existentes la evasión se llegó a considerar como lo más normal y natural del mundo porque, en la opinión de muchos, el dinero que se evade significa menos recurso para que se lo robaran los gobernantes corruptos.
Durante los años del conflicto armado interno fueron asesinados los mejores dirigentes del país, los que con más seriedad y patriotismo veían la problemática desde las diferentes perspectivas ideológicas, quedando al frente la mediocridad y el clientelismo que no se interesó en absoluto por atajar el deterioro de las instituciones. Al fin de cuentas como lo que terminó siendo importante era armarse con los recursos públicos y usar al Estado para realizar negocios en los que igual participaba el político que el empresario, mientras menos ley hubiera, mientras más impunidad, más fácil realizar los trinquetes. Por ello el juego del debilitamiento del Estado terminó siendo un juego que todos jugaban porque todos se beneficiaron.
Hoy, cuando nos damos cuenta que nos urge un sistema de justicia, cuando vemos que las fuerzas de seguridad no nos protegen y que esa seguridad es un sueño, tenemos que entender que la ausencia de Estado nos está pasando una factura demasiado alta. Y todavía así hay quienes nos proponen refundar la República castrando más aún al Estado. Este no es momento de cegueras ideológicas sino de entendimiento de la realidad y la vida social requiere de autoridad y Estado para hacerla llevadera.