El Estado fallido no es por casualidad


La crisis actual alborota a muchos y alienta a los atalayadores que quieren aprovecharla para llevar agua a su propio molino. Así­ están los polí­ticos que asumen que pueden encumbrarse en el poder al estilo de Ramiro de León Carpio tras el serranazo y los que hablan de la necesidad de refundar la República para terminar de destruir al Estado.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

La crisis que estamos viviendo es resultado de un ataque sistemático que se hizo al Estado y sus instituciones durante muchos años, reduciendo no sólo su tamaño e importancia, sino desprestigiándolo de manera consistente. El pulso ideológico empezó hace alrededor de medio siglo, cuando se planteó la propagación de doctrinas orientadas a la reducción al mí­nimo del papel del Estado, mismo que según los teóricos tení­a que limitarse, en todo caso, a dar seguridad y administrar la justicia. Pero se les fue la mano y al adelgazarlo se llevaron en la colada a todas las instituciones, incluyendo aquellas que tení­an que ofrecernos las elementales garantí­as de seguridad.

No se llega a una situación tan crí­tica de un Estado incapaz de cumplir con sus más elementales funciones por casualidad. Eso es resultado de un sistemático y bien implementado plan para ir minando la institucionalidad bajo el concepto de que todo lo estatal es malo, todo es corrupto y vil. Llevamos años escuchando la misma prédica que se ha adueñado ya no sólo de la cátedra en la universidad, sino de la prédica en los medios de comunicación y ha sido tan consistente el planteamiento que al final terminamos por asumir como un axioma la inutilidad del Estado. En el fondo caló la explicación que daban, afirmando que los impuestos eran un despojo que se hací­a a los ciudadanos y que no habí­a que pagarlos. No sólo hubo resistencia al tema fiscal, sino que ante los impuestos ya existentes la evasión se llegó a considerar como lo más normal y natural del mundo porque, en la opinión de muchos, el dinero que se evade significa menos recurso para que se lo robaran los gobernantes corruptos.

Durante los años del conflicto armado interno fueron asesinados los mejores dirigentes del paí­s, los que con más seriedad y patriotismo veí­an la problemática desde las diferentes perspectivas ideológicas, quedando al frente la mediocridad y el clientelismo que no se interesó en absoluto por atajar el deterioro de las instituciones. Al fin de cuentas como lo que terminó siendo importante era armarse con los recursos públicos y usar al Estado para realizar negocios en los que igual participaba el polí­tico que el empresario, mientras menos ley hubiera, mientras más impunidad, más fácil realizar los trinquetes. Por ello el juego del debilitamiento del Estado terminó siendo un juego que todos jugaban porque todos se beneficiaron.

Hoy, cuando nos damos cuenta que nos urge un sistema de justicia, cuando vemos que las fuerzas de seguridad no nos protegen y que esa seguridad es un sueño, tenemos que entender que la ausencia de Estado nos está pasando una factura demasiado alta. Y todaví­a así­ hay quienes nos proponen refundar la República castrando más aún al Estado. Este no es momento de cegueras ideológicas sino de entendimiento de la realidad y la vida social requiere de autoridad y Estado para hacerla llevadera.