El espí­ritu navideño


En su esencia pura, cada año se diluye, ante la avalancha de factores advenedizos. Sentimientos nobles, como el amor quintaesenciado en la humanidad, ausente. El inefable gozo que depara compartir en familia, muy limitado. Más que recibir, hay complacencia suma en dar; sobre todo a quienes nada tienen en sus alforjas vací­as, ávidas en demasí­a.

Juan de Dios Rojas
jddrojas@yahoo.com

Esfuerzos inauditos hace hasta tocar fondo, acerca de que se retome, máxime cuando los seres humanos persisten en mostrar las espaldas al llamado. Sin su presencia esplendorosa, se nota languidez y escapa del escenario propicio de estas conmemoraciones. Empero, no abandona la lucha, por el contrario, está siempre entre nosotros mismos a la espera, de que surja.

A cada instante el verdadero espí­ritu navideño lleva a cabo clamores gigantescos. Da aldabonazos certeros que resuenan en la conciencia, a veces altanera y carente de oí­dos. Intenta entre el bullicio ensordecedor, el hecho conveniente que volvamos a transitar por la senda de la vida con buena dosis de sensibilidad evidente, aunque sutil, se haga sentir.

El ambiente caracterí­stico a nivel universal, inclusive en paí­ses tercermundistas participan deslumbrados en extremo. La saturación del consumismo y globalización tienen un poder de convencimiento descomunal. Relegan entonces a planos secundarios cuando llegan a sentir el auténtico espí­ritu navideño, de verdad a punto del olvido, en medio del jolgorio.

Cuantas cosas se cometen en nombre del basamento espiritual de esa fiesta mundial, año con año, pese a ubicar innumerables sentimientos en la vida transitoria. De primera mano el Nacimiento de Jesús enfatiza la humildad en Belén, rodeado de gente sencilla, quienes sin dobleces acuden pronto a rendirle adoración y homenaje sincero, con entrega evidente.

Tan significativo ejemplo demuestra el acontecimiento de los siglos. Sin embargo, ausente de votos refleja su predilección de alejarse de las pompas y vanidades. Su grandeza junto a la humildad obran enseñanzas de orden espiritual, urgidos y necesitados de emular al instante como en calidad de paradigma abundante, ante los ojos del colectivo, confundido a no dudar.

Desde muchos años atrás se viene imponiendo un remedo altisonante del espí­ritu navideño, consistente en bullicio, pirotecnia, comilonas, bebidas tipo industrial. Además de incremento mayor del parque vehicular, los pilotos bajo los efectos de empinar el codo más de la cuenta, generan accidentes con su cauda mortal en el sistema vial del paí­s, escenas tremendas son.

Visibles actitudes de asombro derroche, aun en bagatelas gozan de protagonismo. En aras de enrolarse en satisfacer costumbres opuestas al realismo que deja de tener voz y voto. La deseable moderación, resulta el mejor mecanismo a ser puesto en práctica, en abierta procura de derroteros calcados en la previsión indispensable, elenco fundamental.

Hay legí­timo espí­ritu navideño en reconciliarse con quienes ofendemos, o viceversa, lo antes posible, a manera del necesario y valedero regalo. Las distinciones, como quiera que sea, al igual que contrariedades de súbito, inducen en este clima festivo, a subsanarse de buena forma. Recuperar las amistades representa algo ideal, urgido de tener forma.

El espí­ritu navideño puro, inflama corazones, irradia amistad a manos llenas, a la vez induce amoroso a una convivencia pací­fica y confraternidad plena. Hace sentir tranquilidad consigo mismo, proyectada hacia nuestro entorno, agobiado de tanta violencia dondequiera, lamentablemente el amargo pan de cada dí­a y de la noche, oscura, que no desaparece.

En espera que bajo su alero generoso disfrutemos del bien por el bien mismo; que no dañemos a nadie, respetando, sí­, la dignidad del colectivo. Y ese imaginario ponderado celebrar en paz y armoní­a la llegada o nacimiento del niño Jesús, hecho hombre, con destino a la redención del linaje humano, hace miles de años en el Medio Oriente, en medio rural.