El ensombrecido espí­ritu colombiano de José Asunción Silva


Como lo señaló Rafael Maya, en su discurso conmemorativo de los cincuenta años de la muerte de Silva en el teatro Colón de Bogotá, el núcleo de su poesí­a está dado por la visión que tiene del tiempo, o más propiamente, del paso y el transcurrir del tiempo que abre el camino de la muerte. Su poesí­a está fundada en la dolorosa constatación de que los significados más altos y profundos de la vida humana, como son el sentimiento y la vivencia del amor, carecen de duración eterna; son vivencias, que a pesar de nuestro intenso deseo de preservarlas para siempre, están destinadas inexorablemente a desaparecer empujadas por la presencia de la muerte de los seres humanos que el tiempo trae consigo. Ni siquiera la memoria que las evoca y las hace resurgir nos sirve para preservarlas en nuestra alma porque su presencia nos trae también la imagen de la pérdida de ese ser amado que nos provoca una inmensa tristeza. Como lo dice en su poema Luz de luna, en el que se relata el episodio de una joven que regresa después de un tiempo al escenario en donde vivió su mayor experiencia de amor con un joven ya desaparecido, «son amorosos recuerdos, tristezas lejanas, cariñosas memorias que vibran, como sones de arpa, tristezas profundas del amor, que en sollozos estallan…»

Por Camilo Garcí­a

Por eso, en vez de los recuerdos son los objetos o lugares fí­sicos los que por su dureza y consistencia material pueden resistir esa carga destructiva del tiempo; al conservarse, en general, más allá de la vida de los individuos o de generaciones enteras, pueden permitir el fluir de esas vivencias del pasado hacia el presente. Pero no porque estos objetos cumplan el papel de signos que guarden o revelen el sentido que surge de cada una de esas vivencias sino porque son sus testigos privilegiados e irremplazables. Testigos, sin embargo, mudos y silenciosos que no nos pueden decir absolutamente nada de esas vivencias que nos evocan como ocurre con la vieja, casi inmortal, ventana del poema que lleva ese mismo nombre. Ella conserva grabada en su memoria «muerta y cristalizada» la imagen del relato que hizo hace muchos años una abuela a su nieto de aventuras fantásticas o de la serenata que cantó en una noche colonial un enamorado a su novia.

Por esta razón los objetos no son verdaderos, no pueden sustituir la vivencia absoluta del amor entre los seres humanos. Su testimonio es solamente válido para la pretensión del saber, para quien quiere saber algo sobre la existencia pasada; pero es un testimonio frí­o y distante, incapaz de envolvernos en el torrente poderoso de la vida interior, de revivir al ser que fue la fuente y el motivo de ese sentimiento intransferible.

¿Pero, entonces, cómo preservar esas vivencias trascendentes, cómo evitar que mueran arrastradas por la muerte de los hombres, cómo vivir para siempre esos instantes de felicidad suprema que la realidad temporal niega? Esta es la inquietud y pregunta central que subyace a los poemas de Silva. De acuerdo con las enseñanzas de su maestro Schopenhauer que pensaba que la vida no es más que una ciega e irracional voluntad de vivir marcada por el sufrimiento que solamente se calma cuando los seres humanos escuchan los sonidos armoniosos de la música, y con el canon modernista con el que se identificó, que sostení­a la necesidad de crear un lenguaje poético sujeto al ritmo puro de las sonoridades musicales, no hay para Silva sino una sola respuesta posible: unir y conjugar estrechamente esas vivencias con la música. Pero no con la música que se hace con los sonidos materiales, las voces fí­sicas y sensibles que brotan de los seres y de las cosas terrenales, como se revela con las campanas de su gran poema «Dí­a de difuntos», que debido a su sonido «angustioso e incierto marcan el paso de tiempo que todo lo borra o hablan a los vivos de los muertos», sino con una música diferente: la que silenciosamente producen las alas de los pájaros al volar libremente por los aires. Este es el sí­mbolo del espí­ritu elevado que se desprende de las formas corporales que lo limitan. Al ser una música sin sonidos se convierte en el único medio capaz de recuperar al ser que hizo posible, en un instante del tiempo pasado, la vivencia profunda de la felicidad.

José Martí­ que participó del mismo espí­ritu modernista creyó, en cambio, lleno de vitalidad, que la música interior de la palabra poética no abre la posibilidad del amor más allá de la muerte real de su protagonista sino que reafirma con su presencia la condición natural e inmanente de la vida de todos los seres humanos. Y Rubén Darí­o, por su parte pensó que trayendo e incorporando las palabras sonoras, llenas de ritmo y melodí­a, que invocan y evocan extraños y lejanos objetos, pertenecientes a otras culturas y otros seres humanos, podrí­amos vivir, nosotros los americanos, sus propias vivencias, podrí­amos integrarnos profundamente con ellos en el acto universal de compartir, en un mismo instante del tiempo, el mismo sentimiento; es decir, podrí­amos emocionarnos, gozar, sufrir y anhelar lo mismo y de la misma manera que el resto de los hombres del planeta. Pero tanto el uno como el otro, al contrario de Silva, quisieron reservarle exclusivamente a la vida esta música de las palabras.

Este poder que Silva le atribuye a la música inmaterial de permitir el encuentro y la fusión eterna de los amantes, la vida inextinguible del amor, no lo logra resucitando o reviviendo al ser querido perdido, sino llamando, convocando y llevando de su mano invisible a quien aún vive el escenario de la muerte donde el otro ya se encuentra. Es en el terreno de la muerte donde el encuentro y la unión absoluta del amor se hace plenamente posible; en ese instante y lugar en el que es naturalmente imposible cualquier vivencia surge, sin embargo, para Silva la verdad definitiva del amor en el que los cuerpos y las sombras se enlazan para siempre, eternamente, libres de la fuerza destructiva del tiempo.

Este amor a la muerte que se manifiesta y se confiesa en su obra poética y en su última decisión vital es en el fondo, a mi juicio, el modo más radical, trágico y secreto, de amar el amor, de amar la propia vida. Paradoja sustancial, que reafirma el carácter modernista de su visión poética pero que brota, sin embargo y por encima de todo, del deseo consciente de escapar a una vida sin amor, de no vivir una vida marcada por la ausencia de la felicidad. Silva, al sentir el enorme y poderoso deseo de vivir el amor que se le negaba en todas partes, creyó que la muerte, al negar esa vida de negación, de sufrimiento intenso y silencioso, abrirí­a las puertas eternas de su experiencia. No sabemos si una noche de su tumba huyó la sombra de su espí­ritu hacia arriba, hacia los aires del cielo, transportada por la música de alas, para encontrar definitivamente a su amada, para hallar el amor perdido o nunca realmente vivido con el que soñó en su poesí­a y en la intimidad de su vida real. Pero de lo que sí­ estamos seguros es que mientras vivió lo creyó como la única verdad, absoluta y definitiva, de una existencia sin verdad. Su vida y su obra son el testimonio de esta extraña, profunda y oscura lucidez.

Lucidez aún mayor, si consideramos que revela, de modo plenamente consciente, el rasgo secreto, nunca confesado ni reconocido, de nuestra alma, de nuestra fisonomí­a interior de colombianos. Su visión poética trágica y desgarradora nos muestra que el amor a la muerte, que la seducción por destruir la vida propia o la de los demás, es un fenómeno que se esconde triste y dolorosamente en el fondo de muchos de nosotros. La explicación de la violencia que históricamente hemos practicado con desmesura y sin lí­mites es ante todo, como se sabe, de orden socioeconómico y polí­tico. Pero serí­a incompleta e insuficiente si no intentamos comprender lo que nos pasa de esencial en nuestra interioridad. Y ahí­ la poesí­a de Silva es más que un poema bellamente construido, es más que la música encarnada en palabras; es uno de los mayores testimonios culturales que nos muestra un rasgo inconsciente de nuestro ser; es una excepcional obra simbólica que nos habla abiertamente, sin tapujos ni simulaciones, de algo que en buena parte somos y que, sin embargo, no hemos sido capaces de mencionar y mucho menos de asimilar crí­ticamente en el curso de nuestra experiencia histórica.

Por esta razón, la obra de Silva se presenta como el signo poético que mejor y más hondamente identifica una parte de nuestra existencia, la más oscura y recóndita. Su visión de la existencia humana corre o levanta el velo que normalmente le colocamos a ese deseo de muerte que anida secretamente en el interior de todo ser, y que en Colombia se afirma sin pausa y sin lí­mite. Si bien casi toda la poesí­a colombiana del siglo pasado ha estado marcada por un sentimiento melancólico de tristeza, por un dolor profundo en el vivir, por la falta de valor en la existencia (Ver, por ejemplo, la mayorí­a de los versos de Julio Flores o una parte de la obra de León de Greiff), Silva es el único que ha revelado en su máxima intensidad la presencia dominante de esta atracción poderosa por la nada, por la disolución de la vida, que existe desde hace mucho tiempo en el paí­s. Y al hacerlo, ha vivido culturalmente en el curso de nuestra historia como la sombra perenne de un espí­ritu que acompaña sin falta la forma ensombrecida de nuestra existencia real.