Un puente es un instrumento que une distancias, orillas, espacios. Hay puentes físicos; otros emocionales, otros bien construidos y unos puentes son hermosos… y otros sin sabor a nada. Lo que se pretende, con la construcción de un puente, es que alcance a servir a los ciudadanos, para cruzar un río, un barranco o un lago. Hay puentes famosos y otros que nunca cobrarán fama… pero todos sirven. Todos son útiles. Porque tienen una finalidad, pero desde el punto de vista simbólico, los puentes tienen hasta ideología. Y pueden ser puentes racistas. Lo veremos en la siguiente historia, que da pena…
Los aproximadamente doscientos puentes localizados en la zona de Long Island, Nueva York, fueron diseñados y construidos entre las décadas de 1920 y 1970 por el conocidísimo y afamado arquitecto Robert Moses. Es notorio que esos puentes tienen una baja altura, deliberadamente diseñada para desalentar (de hecho, para evitar) el paso de camiones de transporte público.
Moses, constructor de parques, vías y puentes característicos del paisaje neoyorquino, conscientemente imprimió en el diseño de esos puentes sus prejuicios. Construirlos a baja altura permitiría el acceso de los blancos de clase alta y media-acomodada, dueños de automóviles, mientras que restringiría el paso a los pobres y a los negros, usuarios comunes del transporte público. Moses –quien evidentemente contaba con una red de influencias notable en el gobierno de la ciudad– llegó al punto de vetar la construcción de una extensión del tren de Long Island, hacia la exclusiva área de Jones Beach, donde se localizaba uno de sus parques más aclamados.
El ejemplo de los puentes de Long Island muestra un arreglo de ciertos objetos de acuerdo con los valores encarnados en Moses, que nada tiene que ver con su uso. «Un artefacto específico es diseñado y construido de manera que produce un conjunto de consecuencias lógica y temporalmente previas a cualquiera de sus usos manifiestos», señala un eminente investigador sobre tecnologías y ciencias de apellido Winner. Este caso, ofrece una versión fuerte y sugerente acerca de la idea que cualquier artefacto, como el diseño de un puente, tiene una verdadera carga política. Su simbolismo no necesariamente se conoce inicialmente, pero tarde o temprano, se sabe por qué fue construido realmente… ¿Quién salió beneficiado en forma directa por la construcción de aquel puente que usted pasa todos los días?
En este caso, se trata de tecnologías que parecieran requerir, o al menos ser fuertemente compatibles, con cierto tipo de instituciones u organizaciones sociales, como un puente lo es de la comuna o de la administración municipal. La energía nuclear es otro ejemplo. Dada la peligrosidad del material radiactivo y de su potencial uso en la construcción de armas atómicas, la obtención de energía nuclear requiere de instituciones fuertemente centralizadas y autoritarias. Pero también se habla de que para este tipo de acciones, se necesitan de arreglos sociales con mucho poder.
¿Cuántas veces se dio cuenta usted que el puente por el que pasa todos los días tiene implicaciones políticas muy fuertes? ¿A quién benefició realmente su construcción? Todo, todo en esta vida, tiene semióticamente un significado profundo. Un puente tiene lecturas más allá de la simple construcción en uno u otro lugar; en una u otra forma, su diseño y hasta los materiales. Desde quien lo decide hasta quien lo construye, un puente es un digno ejemplo de lo que la semiótica puede hacer por nosotros: descubrir el verdadero simbolismo de algunas cosas, que parecen comunes y corrientes. Ya no digamos, al momento de decidir el nombre de un puente con el de un tirano o dictador. ¿Con quién se identifica quien así lo designa? Usted ya lo sabe… hay puentes de extrema derecha, en Guatemala ahora tenemos por lo menos dos claros ejemplos, y en las elegantes zonas 14 y 15.