Las amenazas contra la integridad física de José Carlos Marroquín no son sólo para él, debe entenderse también que todo esto tiene un carácter pedagógico para toda la población. Aquí hay un mensaje nada subliminal u oculto, las cosas son claras: nadie debe atreverse a militar en política si no está dispuesto a bajar la cabeza y permitir el libre tránsito de los hampones. Debe deducirse que quien desee aventurarse en la carrera política más que aprender a hablar debe especializarse en el arte del silencio. Hacer lo contrario puede significar la amenaza y en último caso hasta la muerte.
El mensaje es terrible porque con esas condiciones muchos bien intencionados preferirán no correr riesgos. Su lectura podría ser: «para que me maten, destruyan mi reputación o ponga en riesgo a mi familia, mejor me dedico a otra cosa». Así muchos buenos elementos jóvenes se estarían dedicando a otros oficios de menos riesgo que a exponer el pellejo a cambio de realizar altos ideales.
Aquí reside el mérito de José Carlos que aun y sabiendo los riesgos que conllevaba la incursión en la vida política, no se dejó amedrentar y le entró en serio a la actividad. ¿Candidez? ¿Inocencia? ¿Ardores de juventud? No lo creo. Marroquín no es ningún joven atolondrado o patojo irreflexivo o díscolo que se deja llevar por impulsos. Aquí no hay nada qué inventar, basta haberle dado seguimiento a la madurez con que se entregó al trabajo de campaña, sus declaraciones siempre equilibradas, su fidelidad siempre crítica al candidato, la responsabilidad de su trabajo y la entrega apasionada en esos días de campaña, para deducir que se estaba frente a un joven cabal, bien intencionado e ilusionado por cambiar el país.
Un joven así no merecía ?ni merece? el trato de esa pequeña turba satánica enroscada en esos grupos de poder. En cualquier lugar del mundo los partidos habrían tomado ventaja de sus ilusiones, de la vitalidad de sus años juveniles y de la posibilidad de permitirle un espacio para probar sus talentos. Cualquier organización política medianamente inteligente ya habría deseado uno, dos o muchos José Carlos en sus filas, pero eso sí, la condición consiste en que se requería al menos «una mediana inteligencia». Pero cómo arrojarle perlas a los cerdos.
Con la salida de Marroquín perdemos todos. El país porque no se renueva y se le condena a no dejar atrás el pasado de oscuridad. Con las viejas generaciones ya está visto que no vamos a ninguna parte. Los partidos porque se corrobora lo que todos piensan, que para participar en esos grupos es necesario convertirse en cómplice de la maldad. Y la sociedad porque obstaculiza el desarrollo de espacios de participación en actividades que deberían ser para todos.
Lo de José Carlos, sin embargo, es oportuno porque nos hace poner los pies sobre la tierra. Nos recuerda que aún vivimos en la edad de piedra y aquí vence no quien tiene las mejores ideas sino el propietario de la escopeta, el que habla más fuerte e intimida más. Pero también nos enseña que una inteligencia despojada de valor es un adorno inútil y de mal gusto. En este sentido, sin duda, su actitud se parece más a la de Cristo, ese joven que, como él, desafió sin miedo a los poderosos de su tiempo. Eso es reconfortante.