El ejemplo de José Carlos


Las amenazas contra la integridad fí­sica de José Carlos Marroquí­n no son sólo para él, debe entenderse también que todo esto tiene un carácter pedagógico para toda la población. Aquí­ hay un mensaje nada subliminal u oculto, las cosas son claras: nadie debe atreverse a militar en polí­tica si no está dispuesto a bajar la cabeza y permitir el libre tránsito de los hampones. Debe deducirse que quien desee aventurarse en la carrera polí­tica más que aprender a hablar debe especializarse en el arte del silencio. Hacer lo contrario puede significar la amenaza y en último caso hasta la muerte.

Eduardo Blandón

El mensaje es terrible porque con esas condiciones muchos bien intencionados preferirán no correr riesgos. Su lectura podrí­a ser: «para que me maten, destruyan mi reputación o ponga en riesgo a mi familia, mejor me dedico a otra cosa». Así­ muchos buenos elementos jóvenes se estarí­an dedicando a otros oficios de menos riesgo que a exponer el pellejo a cambio de realizar altos ideales.

Aquí­ reside el mérito de José Carlos que aun y sabiendo los riesgos que conllevaba la incursión en la vida polí­tica, no se dejó amedrentar y le entró en serio a la actividad. ¿Candidez? ¿Inocencia? ¿Ardores de juventud? No lo creo. Marroquí­n no es ningún joven atolondrado o patojo irreflexivo o dí­scolo que se deja llevar por impulsos. Aquí­ no hay nada qué inventar, basta haberle dado seguimiento a la madurez con que se entregó al trabajo de campaña, sus declaraciones siempre equilibradas, su fidelidad siempre crí­tica al candidato, la responsabilidad de su trabajo y la entrega apasionada en esos dí­as de campaña, para deducir que se estaba frente a un joven cabal, bien intencionado e ilusionado por cambiar el paí­s.

Un joven así­ no merecí­a ?ni merece? el trato de esa pequeña turba satánica enroscada en esos grupos de poder. En cualquier lugar del mundo los partidos habrí­an tomado ventaja de sus ilusiones, de la vitalidad de sus años juveniles y de la posibilidad de permitirle un espacio para probar sus talentos. Cualquier organización polí­tica medianamente inteligente ya habrí­a deseado uno, dos o muchos José Carlos en sus filas, pero eso sí­, la condición consiste en que se requerí­a al menos «una mediana inteligencia». Pero cómo arrojarle perlas a los cerdos.

Con la salida de Marroquí­n perdemos todos. El paí­s porque no se renueva y se le condena a no dejar atrás el pasado de oscuridad. Con las viejas generaciones ya está visto que no vamos a ninguna parte. Los partidos porque se corrobora lo que todos piensan, que para participar en esos grupos es necesario convertirse en cómplice de la maldad. Y la sociedad porque obstaculiza el desarrollo de espacios de participación en actividades que deberí­an ser para todos.

Lo de José Carlos, sin embargo, es oportuno porque nos hace poner los pies sobre la tierra. Nos recuerda que aún vivimos en la edad de piedra y aquí­ vence no quien tiene las mejores ideas sino el propietario de la escopeta, el que habla más fuerte e intimida más. Pero también nos enseña que una inteligencia despojada de valor es un adorno inútil y de mal gusto. En este sentido, sin duda, su actitud se parece más a la de Cristo, ese joven que, como él, desafió sin miedo a los poderosos de su tiempo. Eso es reconfortante.