El drama, más allá de la conspiración


Como hemos perdido nuestra capacidad de ser solidarios y nuestros corazones se han endurecido a punta de tanto crimen, de tanto asesinato, no podemos ponernos en el lugar de los pilotos del transporte público, de sus ayudantes y, mucho menos, de sus familiares. De esas madres, esposas e hijos que los ven en la madrugada salir de sus casas con la angustia de si no les tocará a ellos la tenebrosa chibolita.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

Es indudable que el gobierno se enfrenta a un desafí­o frontal que le están plantando las fuerzas oscuras con ese ataque sistemático y bien planificado en contra de los pilotos y ayudantes del transporte colectivo. No hay que ser genio para entender que se busca paralizar el servicio, crear inestabilidad y demostrar al gobierno que aquí­ mandan y siguen mandando los grupos tenebrosos. El presidente cree que esto es una respuesta del crimen organizado a «las acciones emprendidas por su gobierno en los primeros dí­as», acciones que deben haber sido muy secretas porque la verdad fuera de aquellos inútiles operativos que fueron el hazmerreí­r de los delincuentes que, capturados para ser liberados al dí­a siguiente, volvieron a sus andadas, no se conoce de otros actos que puedan haber provocado la ira de los demonios.

Pero el punto que me interesa destacar hoy no es la crisis polí­tica generada por esta cacerí­a inhumana de pilotos, sino el drama humano que hay alrededor de esta penosa situación. Como hemos perdido nuestra capacidad de ser solidarios y nuestros corazones se han endurecido a punta de tanto crimen, de tanto asesinato, no podemos ponernos en el lugar de los pilotos del transporte público, de sus ayudantes y, mucho menos, de sus familiares. De esas madres, esposas e hijos que los ven en la madrugada salir de sus casas con la angustia de si no les tocará a ellos la tenebrosa chibolita. Porque no se trata de personas que se han opuesto a la extorsión y han decidido jugarse la vida frente a los pandilleros, toda vez que ahora los ataques son indiscriminados, brutalmente certeros y macabramente planificados y lo que buscan es crear el clima de inseguridad e inestabilidad. Cualquier piloto se convierte en blanco atractivo para ese fin y todos están en serio peligro.

Pero como sociedad quedamos sin inmutarnos frente a estas manifestaciones de violencia y estamos demostrando que no tenemos ni siquiera la capacidad de condolernos frente al sufrimiento ajeno. Nadie se preocupa ni ocupa del dolor de esas familias que se quedan sin el ser querido porque la muerte de pilotos se ha convertido en un indicador más en la larga lista de los que se usan para medir la violencia en nuestro paí­s y punto. Mientras en otras sociedades vemos que la gente reacciona, que se producen manifestaciones de repudio a la violencia y que exigen a las autoridades perseguir a los responsables, aquí­ nadie mueve un dedo, empezando por las fuerzas de seguridad y siguiendo, de manera muy especial, por esa cacharpa inútil que es el Ministerio Público donde no hay investigaciones dignas de tal nombre.

No me cabe la menor duda que hay una oscura conspiración para desafiar al gobierno recién instalado y que estos crí­menes son parte de ello. Pero más allá de la conspiración y de las dificultades del régimen para enfrentarla, tenemos que detenernos siquiera por un momento a pensar en las ví­ctimas y en sus familias, en el dolor profundo y perdurable que marcará para siempre a los deudos de quienes fueron seleccionados en la macabra loterí­a como las ví­ctimas propiciatorias de la crisis nacional.

Es más, cuando los pilotos atemorizados deciden actuar y suspenden el servicio, vemos la reacción indignada del usuario que les reclama por su actitud como si no pudiéramos entender que ese paro es una forma de clamar por su vida misma. Claro está que afectan a muchos, pero si ni así­ se le pone atención al problema y se les puede garantizar la vida, cómo podemos esperar que ellos sigan trabajando como si tal cosa.

Mientras los guatemaltecos no entendamos que la violencia es problema de todos y que tarde o temprano nos puede golpear a cada uno de nosotros, seguiremos siendo indiferentes y trataremos de continuar con nuestra vida «normal» pese al tenebroso entorno que nos rodea. Debemos reaccionar para ponerle fin a esa cultura de la muerte y por lo menos debiéramos mostrar nuestro repudio e iniciar acciones para presionar a las autoridades para que busquen y castiguen a los responsables. No es posible que Guatemala siga siendo ese paraí­so de la impunidad y que los funcionarios terminen sus mandatos dejando al paí­s en la misma porquerí­a en que lo encontraron, sin fuerza ni poder para aplicar la ley y cumplir con la garantí­a de la vida y la seguridad de las personas.

Los asesinos convierten a los pilotos en simple blanco de su macabra conspiración, mientras que los medios los convertimos en sujetos de la noticia y la opinión pública en objeto de su indiferencia. Preocupa la matanza de pilotos porque puede crear problemas en el transporte, pero no parece haber mucha preocupación por lo que significa para sus familias, para sus deudos porque a punta de tanta bala, los guatemaltecos perdimos la capacidad de ser solidarios con las ví­ctimas de la violencia, de entender el sufrimiento de cada hijo que tiene que ir a enterrar a su padre o madre ví­ctimas de la violencia.

Y los pilotos que hoy son el blanco de los tiradores furtivos enviados por las fuerzas ocultas son, antes que cualquier otra cosa, seres humanos que merecen nuestra solidaridad y respaldo que debemos ofrecer generosos como sociedad. Si hoy callamos en ese afán por continuar con nuestra vida normal sin inmutarnos, tarde o temprano pagaremos una trágica factura por la indiferencia.