Hace ya muchos años alguien me recomendó como plomero a don Belizario García y desde la primera vez que hizo un trabajo en mi casa me impresionó su capacidad, seriedad y actitud profesional. Don Belizario, así con zeta escribe él su nombre, tenía a su cargo el sistema de bombeo del pozo que Empagua tiene en la Avenida de las Américas, casi llegando al Obelisco y en sus horas libres atendía a su muy numerosa clientela.
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Recuerdo que primero llegaba a la casa a pie, cargando un bulto con todos sus fierros y los repuestos más comunes. Con el correr del tiempo empezó a usar una motocicleta que llamaba la atención por la cantidad de material que llevaba, hasta que un día llegó con un pick up nuevecito, cuya palangana era casi una bodega de ferretería. Trabajos de toda dimensión y magnitud eran realizados por don Belizario con rapidez y eficiencia, muchas veces con las evidentes señales de desvelo en el rostro porque había tenido turno de noche en el pozo a su cargo. Hace años empezó a hacerse acompañar de su hijo Alvin, quien le aprendió todos los secretos del trabajo y le cubría mientras él estaba atendiendo sus deberes en Empagua. Una de las tantas veces que llegaron a la casa, nos contaron que los delincuentes le habían robado el vehículo con todo y el equipo y herramienta, pero al poco tiempo una camioneta pánel último modelo le sustituía.
Trabajando más que de sol a sol y atendiendo a una numerosa clientela que le confiaba por la calidad de su trabajo, don Belizario logró hacer sus ahorros y dispuso confiarlos al Banco de Comercio, acaso pensando que siendo algunos de sus socios clientes suyos eran gente de fiar. Ayer llegó Alvin a realizar un trabajo a mi casa y cuando mi esposa le preguntó por don Belizario, le comentó que el pobre hombre ya no trabaja, que se pasa el día en reuniones y buscando apoyos para ver cómo recupera los ahorros de toda su vida, porque está como alma en pena desde que los socios del banco se hicieron humo y se fueron con el dinero de tanta gente que, como don Belizario, se rajó el alma para ir juntando de centavo en centavo sin pensar que serían objeto de una estafa de tal magnitud.
Cuando me comentó María Mercedes lo que le había dicho Alvin, sentí que me hervía la sangre porque me consta la dedicación que siempre tuvo don Belizario para el trabajo. Para él no había horas ni días hábiles, porque el tipo cumplía con sus deberes en Empagua y en sus horas de «descanso» atendía a sus clientes siempre de buena gana y con excelentes servicios. Y fui testigo de cómo logró irse superando, desde aquellos días en los que llegaba solo y a pie a realizar sus labores, hasta cuando ya se hacía acompañar no sólo por su hijo sino por ayudantes, transportándose en modernos y eficientes vehículos.
Me lo imagino llegando al Banco a guardar sus ahorros cada poco tiempo, soñando con una vejez menos sacrificada que toda esa su vida adulta; me lo imagino soñando con un retiro más que merecido en el que pudiera compartir con sus nietos el tiempo que no pudo dedicar a sus hijos porque estaba demasiado ocupado trabajando para asegurarles el sustento. Y peor aún es la imagen que se me viene de él al enterarse que sus ahorros se hicieron humo, que tantos años de rajarse el alma, de trabajar como nunca lo hizo ninguno de esos banqueros, no sirvieron de nada porque el dinero que él ahorró, ahora está siendo gastado en algún remoto lugar por quienes le ofrecieron cuidarlo. Si eso no es un drama, no encuentro qué pueda serlo.