El Dorado sigue vivo en la Amazonia


Las condiciones en que trabajan los buscadores de oro son precarias: están expuestos a malaria, parásitos, mercurio y otros quí­micos altamente contaminantes.

Ha corrido la voz de que hay un filón en el Garimpo Bom Jesús, una mina artesanal en una aislada área del corazón de la Amazonia brasileña, al oeste del Estado de Pará, que en pocos meses se ha desbordado por un aluvión de mil desesperados buscadores de oro llegados sin nada más que un sueño de riqueza fácil.


«El «garimpo» es como la loto, muchos se quedan en la esperanza de mejorar un dí­a», sentencia Elias de Brito, que pasó la mitad de sus 52 años en busca de El Dorado en «garimpos» (minas a cielo abierto) de la Amazonia. Lo acompaña el rum-rum del motor del molino en el que introduce las piedras que, con suerte, soltarán minúsculas partí­culas de oro.

El «garimpo» es un claro rodeado de selva, que parece un hormiguero al que desordenadamente le crecen angostos pozos que se abren en galerí­as bajo la tierra y, por encima, barracas donde los «garimpeiros» cuelgan sus hamacas y molinos del tamaño de un motor de camión para moler las piedras que contienen el oro.

Todo el proceso, en medio del barro, es rudimentario y manual, y los mineros denuncian que se utiliza mercurio y otros quí­micos altamente contaminantes.

Bom Jesús es una «tierra sin ley» que repite una inverosí­mil historia que podrí­a haber ocurrido 500, 100 o 30 años atrás. Drogas, prostitución, malaria, agua contaminada y condiciones de trabajo inhumanas hacen del lugar un infierno en la tierra.

«Llevo 20 años trabajando en los garimpos y estoy viejo y acabado. Tengo malaria y no consigo medicinas, pero sin el «garimpo» no habrí­a renta en esta región», asegura Mario Borges, de 43 años, que ve a su familia cuando consigue «hacer un oro» para el caro pasaje de avioneta o barco.

«Hay gente que trabaja cinco meses y no vio 500 reales (230 dólares), no tenemos asistencia médica y el agua está contaminada», dice Luiz Rodrigo Vale, delgado y demacrado al extremo, que asegura tener 39 años aunque aparenta 60.

A otros les va mejor: Joel Souza, de 24 años, es «dueño» de pozo y carga lo que debe ser medio kilo de oro en ostentosos reloj, anillo y cadenas.

Buscadores de oro, pistoleros, prostitutas y comerciantes: este mundo aparte de códigos especí­ficos, leyendas y mitos, atrae a todo tipo de personas en busca de una oportunidad rápida. Las noches son para beber y el sexo pagado, el dí­a para trabajar incansablemente en busca del oro que sustenta sus sueños.

El «garimpo» funciona bajo una rí­gida estructura que no ha cambiado en decenios. El «dueño» (identificado como Valmir Climaco, maderero y terrateniente local) dice tener una concesión minera, instala una rudimentaria pista de aterrizaje y pone las avionetas para sacar el oro y traer comida y combustible para los generadores, que cobra a precios exorbitantes.

Luego están los «dueños» de pozo, con capital para cavar los precarios túneles y gerenciar cinco o seis trabajadores.

Y, al final, los garimpeiros (buscadores de oro), que se reparten un pequeño porcentaje de lo que sacan. Cerrar las cuentas es difí­cil, porque todo tiene un altí­simo precio.

«Ellos dicen que son los dueños y nosotros se lo aceptamos porque tienen las herramientas, el avión, el dinero y nosotros no», concluye José Ribamar Pereira, un minero de cuerpo grande que ha pasado 31 de sus 48 años en los garimpos y que hoy está contento porque, tras trabajar un turno de 24 horas, consiguió 4 gramos de oro (90 dólares).

Bom Jesús «es una cárcel en la selva, con 100% de ilegalidad ambiental y laboral; es un irrespeto a los derechos humanos», declaró indignado el diputado José Geraldo da Silva tras visitar el garimpo. Aquí­ se «demuestra que al Estado le queda mucho por hacer en la Amazonia», denunció.

El «garimpo» es un ejemplo de los problemas que enfrenta la región amazónica, el mayor bosque tropical del planeta acosado por las madereras, la agropecuaria y la minerí­a.

«Tenemos 25 millones de personas en la Amazonia brasileña que necesitan alternativas de vida; el garimpo es un ejemplo dramático, una de las grandes heridas sociales abiertas en esta región», reaccionó en esa visita el ministro de Asuntos Estratégicos, Roberto Mangabeira Unger, responsable de elaborar un plan del gobierno para el desarrollo de la selva y que se comprometió a revisar las condiciones legales del lugar.

La Amazonia brasileña vivió una fiebre del oro en los «80. Aunque la actividad cayó mucho, «los «garimpos» todaví­a representan 50% de la economí­a del municipio» de Itaituba de 125 mil habitantes y 62 mil km2 (dos veces Bélgica), donde se ubica el garimpo Bom Jesús (oeste del Estado de Pará), explica Seme Sefrian, secretario local de Minas.

«Llevo 20 años trabajando en los garimpos y estoy viejo y acabado. Tengo malaria y no consigo medicinas, pero sin el «garimpo» no habrí­a renta en esta región».

Mario Borges